Febrero 15, 2017

Alfonsina Storni y San Juan

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Alfonsina Storni
En ocasión de la visita de Alejandro Storni a San Juan, una reunión congregó a todos los parientes del hijo de la poeta en la casa de Irma Storni de Baca, quien está sentada a la izquierda
Alfonsina Storni en Mar del Plata. 22 de marzo de 1924
El monumento a Alfonsina Storni está emplazado en el mismo lugar en donde la escritora y poetisa se quitó la vida el 25 de octubre de 1938. La obra fue esculpida por Luis Perlotti y consiste en una piedra tallada acompañada por los versos del poema "Dolor", escrito por Storni en 1925. Su última estrofa augura la triste pero poética muerte de la escritora: "Perder la mirada distraidamente/ perderla y que nunca la vuelva a encontrar:/ y, figura erguida entre cielo y playa/ sentirme el olvido perenne del mar."

Los primeros Storni en arribar a San Juan, en 1879, fueron Ángel y Antonio. Una vez establecidos, llamaron a su hermano Alfonso, padre de Alfonsina, quien llegó a la Argentina en junio de 1883 e inmediatamente se trasladó a la provincia. Más tarde, llegó Pablo. Los cuatro se hicieron de una buena posición económica, la cual se vio afectada por el terremoto de 1894. En el primer viaje que hace Alfonso a San Juan, permanece hasta noviembre de 1885, año en que regresa a Suiza para casarse con Paulina Mariana Aurora Martignoni, para luego volver con ella a la provincia, donde nacen María y Romeo, los dos hermanos mayores de Alfonsina.

En 1890 la pareja viaja a Suiza motivada por problemas en la salud de don Alfonso. Allí, en el cantón de Ticino, el 22 de mayo de 1892, nace Alfonsina.

Poco tiempo después el matrimonio y sus tres hijos retornan nuevamente a San Juan, donde se completa la familia con el nacimiento de Hildo, el hermano menor de Alfonsina.

La partida definitiva del matrimonio Storni y sus cuatro hijos de San Juan, se produce entre los años 1900 y 1901. La pequeña Alfonsina tenía entonces entre ocho y nueve años y de ella se sabe que asistió a la Escuela Normal de Maestros y que su primera docente fue María Díaz Albarracín.

Varios autores recogieron datos de aquellos primeros pasos de esa niña que se convertiría en una de las poetas más notables del país y del continente. A través de ellos, se sabe que desde muy pequeña ya poseía definidas inclinaciones artísticas, manifiestas en los actos escolares: recitó la poesía “Fiesta Patria” en 1899; actuó en la comedia “El gato”, en 1899 y el 9 de julio de 1900, participó en la representación de “La infancia en la Argentina”. La escenificación de estos textos, de Renée Yornet, “atrajo poderosamente la atención al cronista del diario “La Unión”, en cuya edición del día siguiente exaltó la relevante personalidad artística y excepcional dominio interpretativo de la precoz educanda”.

Aunque existen dudas acerca de su lugar de residencia, la mayoría de los biógrafos de Alfonsina coinciden en que vivió en la calle 25 de Mayo, esquina Mendoza, en Concepción, en una propiedad de uno de sus tíos.

Por el fondo de aquella casa, pasaba un canal que Alfonsina jamás olvidaría. Al respecto, Fernando Mó, dice: “la imagen del referido canal quedó grabada para siempre en la mente de la futura poeta, quien lo recuerda con nostalgia en su poema “El canal”, inserto en su libro “Languidez”.

El hijo Alejandro

Llegó por primera vez a San Juan el día del aniversario número cuarenta y ocho del fallecimiento de su madre y fue recibido por un puñado de parientes, ansiosos por compartir con él las historias sabidas por padres y abuelos de aquella “niña prodigio” de la misma sangre.

En un almuerzo organizado en casa de Irma Storni de Baca, se juntaron “los Storni” y, cada uno a su turno, expresó los sentimientos que guardan hacia la poeta que les inmortalizó el apellido.

Alejandro se presentó también ante todos los sanjuaninos, a través de los medios de comunicación. Con El Nuevo Diario mantuvo una extensa charla, donde nos contó que fue maestro durante toda su vida y que, aunque lo tentó la poesía, es muy poco lo que se animó a publicar, siempre con seudónimo y en periódicos y revistas y jamás en libros.

Su obra más querida es la que dedicó a su madre en la prosa poética “Exaltación”, que fue traducido a varios idiomas.

- ¿Cómo era su relación con Alfonsina?
-Siempre fue una relación muy frontal y me dio absoluta libertad y tuvo la virtud de no orientarme en la literatura superior, me dejó que fuera creciendo con los autores que correspondían a mi edad.

- ¿Fue tan frontal como para decirle que se iba a suicidar?
-Lo menos que podría haber hecho era decírmelo, porque no podía permitirse darme el disgusto de que me enterara por los diarios que se había matado. Ella me fue explicando sus condiciones de salud, me fue dejando cartas e incluso me dejó una donde me indicaba que debía pagar una deuda en un banco para después de su muerte: era el último pagaré del libro “De mascarilla trébol”.

¿Cómo asumió usted esas confesiones?
-Era terrible, era como un concurso para ver quién era más valiente de los dos; ninguno derramamos ni una sola lágrima. Cuando lloré como loco fue el 18 de octubre, al despedirla en la estación Constitución, sabiendo que no la vería más.

- ¿Cómo sobrellevó su infancia siendo hijo de madre soltera?
-Con toda normalidad, porque Alfonsina me decía siempre que podía haber hijos legítimos e ilegítimos, pero que todos son naturales y que yo era un hijo del amor.

- ¿Qué significa para usted el poema “La loba”?
-Es mi poema favorito, porque en él Alfonsina hace una defensa férrea del hijo.

Recuerdos de provincia



-¿Alfonsina le hablaba de su infancia en San Juan?
-Ella recordaba a San Juan como un paraíso, porque le gustaba mucho la naturaleza y contaba que aquí se metía en los canales. Poco antes de morir, en Uruguay, en un encuentro donde estaban también Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral, relató cómo aprendió a leer con un libro robado aquí, en San Juan.

-¿Cómo es esa historia?
-Sus padres no podían darle el dinero para comprar el libro “El Nene” y ella no quería que se enteraran en la escuela; entonces fue a una librería y se lo pidió al vendedor y luego le solicitó que le buscara otro título que no existía. Cuando este buen hombre se fue a la trastienda, Alfonsina salió corriendo con “su” ejemplar del libro de lectura. El librero fue a reclamarle a la escuela y ella, muy suelta, le aseguró que había dejado el dinero sobre el mostrador y que seguro se lo habrían llevado unos chicos que entraron después que ella.

Alfonsina y Eva


En estos días que la figura de Eva Perón ha cobrado gran interés en todo el mundo, cabe plantearse cuál podría haber sido la relación entre Alfonsina y Evita, habida cuenta que fueron contemporáneas y transitaron caminos paralelos –aunque cada una desde su lugar- en la lucha por la reivindicación de los derechos de la mujer.

Alejandro Storni cree que “en la defensa de los derechos de la mujer y en la obtención del voto femenino, la hubiera acompañado. Y tan es así, que Alfonsina, junto con Alicia Moreau de Justo, hizo un simulacro de comicios femeninos en un local que pidieron prestado y con los elementos correspondientes: las urnas, los votos y hasta los vigilantes.

La muerte de Alfonsina



Dice el relato popular que Alfonsina Storni había acordado morir junto con el escritor Leopoldo Lugones, amigo íntimo que se envenenó en 1937. Pero a último momento desistió. En octubre de 1938, la escritora, abrumada por una profunda tristeza fruto de la pérdida de un amor, e inspirada por la decisión de su amigo, se dirigió hacia la playa y se internó caminando en el mar hasta que las olas le cortaron la respiración. La imagen creada es la de una poetisa destruida por la angustia que se dirige a la muerte, vacilante. Probablemente la canción Alfonsina y el mar, escrita por Ariel Ramírez y Félix Luna, haya colaborado a diseñar esa versión romántica de su suicidio.

Según una muy buena nota de Agustín Marangoni, el cuadro fue muy distinto. La noche del martes 25 de octubre de 1938 Alfonsina concretó un plan que estaba fraguando hace largos meses. Mediante una intervención quirúrgica, a la que tuvo que someterse en 1935 para combatir un cáncer, le amputaron un seno. A pesar de que la cirugía sirvió para combatir en parte la enfermedad, la poetisa nunca se recuperó de aquella agresión, sentía que su cuerpo había sido mutilado, se reconocía incompleta, lo cual la hundió en una tremenda depresión que la acompañó los últimos años de su vida. También soportaba dolores agudos que sólo las dosis de morfina que se aplicaba diariamente eran capaz de calmar. Y sufría de neurastenia.

La ciudad elegida para terminar con su vida fue Mar del Plata, aunque ya había intentado suicidarse en el Río de la Plata y en el Tigre. No pudo por cuestiones del azar: una persona que la reconoció y se acercó a hablarle. Acorde al comportamiento de la mayoría de los suicidas, sentada en el escritorio de su habitación escribió una nota temblorosa en tinta roja que decía: Me arrojo al mar. Dos días antes había garabateado su famoso poema Voy a dormir, dedicado a su hijo, para las páginas del diario La Nación. Estos versos sirvieron como carta de despedida. Un dato curioso es que el lunes 24 por la mañana había querido comprar un revolver, pero no se lo vendieron porque, de acuerdo con una reglamentación de la época, las mujeres no podían portar armas de fuego.

A la una de la mañana del martes salió a la calle en el más absoluto silencio. Nadie la vio partir. Ella estaba hospedada en el Hotel San Jacinto, ubicado en 3 de Febrero 2861, propiedad de Luisa Orioli de Pizzigati –donde ubicaron la placa–. A paso lento avanzó por las calles polvorientas hasta llegar a la escollera del Club Argentino de Mujeres, que en aquel momento se elevaba sobre el mar en una extensión de 200 metros, exactamente donde hoy se encuentran las playas que llevan su nombre. Uno de sus zapatos quedó atrapado entre los fierros antes de saltar al agua.

Durante el trayecto pudo haberse arrepentido mil veces, pero no: la decisión ya estaba tomada. Sus pies avanzaron impávidos en la noche marplatense; atravesó el espigón y se lanzó al mar donde llenó –inhalando sumergida– sus pulmones de agua. En menos de tres minutos murió asfixiada.

El cadáver de la escritora fue encontrado por los obreros Atilio Pierini y Oscar Parisi postrado en la orilla, azul por el frío y salpicado con arena. Llevaba horas humedecido por el mar de octubre. La Nación tituló al día siguiente “Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América”. Y el mito comenzó a crecer.


NOTA PUBLICADA EN EL NUEVO DIARIO EL 10 DE FEBRERO DE 2017


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