IMAGENESMarzo 3, 2017

Premios Oscar: Cuando la política se mezcla con el cine

Por Eduardo Peñafort
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Faye Dunaway y Warren Beatty durante el papelón en la entrega de los Oscar

La cinematografía es una de las industrias culturales más importantes y desarrolladas de la actualidad. El centro indiscutible de producción es Estados Unidos de Norteamérica, cuya preponderancia en el mercado se ha construido sólidamente desde hace más de cien años. La cinematografía norteamericana tiene en el premio Oscar, la fiesta consagratoria que anualmente celebra su producción – si bien no garantiza éxitos futuros, desde la transmisión televisiva constituye un espectáculo para millones de espectadores -.

Como en toda industria cultural contemporánea, la cinematografía posee articulaciones muy fuertes con la vida política – con la lucha por el poder político -. Hollywood se regía desde los inicios del año 30 por el llamado código Hays, en virtud del cual solo se podían producir películas que promoviesen valores tradicionales de EEUU. Durante la Segunda Guerra Mundial, las películas y las estrellas cumplieron un papel social importantísimo para mantener el espíritu patriótico. Posteriormente, a partir de la campaña antisoviética del senador McCarthy – entre el cuarenta y los cincuenta – no solo prosiguió con el cultivo de los valores oficiales, sino fomentó la delación, la redacción de listas negras y la proscripción. Por aquellos años, el destacado director Elia Kazan, que denunció a sus antiguos compañeros, ganó en el premio a la mejor dirección dos veces. Desde el inicio también existió una corriente de crítica a modo de vida vigente, cuya intervención en la lucha por el poder político eclosionó en torno a la Guerra de Vietnam.

En forma paralela, el mundo de Hollywood (la farándula) mantuvo diverso tipo de relaciones con el poder político (J. Kennedy/el Clan Sinatra), Ronald Reagan y últimamente, un grupo importante de actores apoyó la candidatura presidencial de Hillary Clinton. Meryl Streep se encuentra entre los que se expresaron con mayor dureza contra Donald Trump. La respuesta del presidente electo fue torpe porque cuestionó la calidad artística de la actriz – afirmación a todas luces falsa – y de toda la producción cinematográfica avalada por la Academia de las Artes. En tal sentido, era de esperar que la edición de la entrega de premios de 2017 estuviera teñida por la respuesta a la descalificación.

En sentido estricto, se mezclaron varios tipos de desconformidad. El cuestionamiento a Streep, el ataque a la producción cinematográfica y las medidas políticas que pretende llevar a cabo el Partido Republicano. No todas tienen la misma importancia para la sociedad y aparecieron confundidas. Desde ya, la Primera Enmienda de la Constitución de USA prohíbe la intromisión en el compromiso político personal con un partido legítimo, pero esto no fue mencionado y se tiñó de apoyo al Partido Demócrata.

Las posiciones más claras y contundentes fueron expuestas por Gael García Bernal, Asghar Farhadi y Jimmy Kimmel. El primero asumió su nacionalidad mexicana y atacó la aberrante idea del muro fronterizo. El segundo, se negó a asistir a la entrega de premios, obtuvo el galardón a la mejor película de habla no inglesa, en solidaridad con los reclamos por las políticas inmigratorias con sus coterráneos. El conductor del evento marcó la idea de grieta social – desgraciadamente familiar en nuestro mundo político – con gran sinceridad.

Después vino el errorismo – otro fenómeno que también compartimos – que puso en tela de juicio la relevancia del acto. La ironía de Trump sobre el “triste final de la edición 2017”, además de demostrar una vez más el cinismo de su discurso, constituye una lección.

La intervención de los agentes culturales en la vida política puede articular diversas demandas, pero es necesario mantener la calidad y precisión que los productos culturales requieren. No se trata de una actitud esporádica, en tanto se relaciona con la totalidad social se apoya en la militancia. En Argentina, las persecuciones artísticas nos son familiares: Libertad Lamarque, Niní Marshall, Atahualpa Yupanqui, Hugo del Carril, Elena Colomer, Fanny Navarro, los innumerables exiliados a partir de 1975, Pablo Echarri, Nancy Dupláa y podríamos seguir la lista. Pero en todos los casos, la comunidad artística ha demostrado una responsabilidad muy por encima de los intereses personales y ha tomado partido frente a las fuerzas argentinas en pugna. Allí aparece una dimensión ciudadana distinta de la calidad artística, pero intrínsecamente relacionada con la calidad del aporte a la cultura.




Cumpleaños:

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