HISTORIAS CONTADAS CON DOS DEDOSMarzo 13, 2017

El pequeño cardenal que evitó una guerra

Por Juan Carlos Bataller
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El cardenal Samoré en una de sus charlas con el corresponsal de Clarín, Juan Carlos Bataller
Canciller Dante Caputo. Fue el hombre que condujo la diplomacia en la etapa democrática
Jorge Rafael Videla. Presidía Argentina en el punto culminante del diferendo en 1977.
Augusto Pinochet. Gobernaba con manodura a Chile en la época del diferendo

Cuando lo vi por primera vez estaba próximo a cumplir 75 años. Bajito de estatura, casi siempre sonriente, el cardenal Antonio Samoré se había transformado en un hombre clave en un conflicto que estuvo a punto de desatar una absurda guerra entre argentinos y chilenos.

La designación como mediador por Juan Pablo II había sido providencial en la vida sacerdotal de Samoré, pues tras una larga actuación estaba cerca del retiro.

Había nacido en Bardi, provincia de Parma, fue ordenado sacerdote el 10 de junio de 1928 en Piacenza y desarrolló su trabajo pastoral en la misma diócesis hasta 1932.

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Fueron muchos los cargos que había desempeñado el cardenal. Desde agregado y secretario de la nunciatura en Lituania y Suiza en 1938 hasta consejero de la delegación apostólica en Estados Unidos entre 1947 y 1950.

Ya como monseñor fue designado nuncio apostólico en Colombia. Luego desempeñó el cargo de secretario de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios y en 1959, el papa Juan XXIII lo nombró miembro de la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II donde también participó entre 1962 y 1965.

Samoré era cardenal presbítero desde el 26 de junio de 1967, recibiendo el birrete rojo y la titularidad de la Basílica de Santa María Sopra Minerva.

En 1967 fue elegido presidente de la Comisión Pontificia para América Latina. Asistió a la primera asamblea ordinaria del Sínodo Mundial de Obispos, en la Ciudad del Vaticano, en 1967.

Luego se desempeñó como prefecto de la Congregación para la Disciplina de Sacramentos y en 1874 asumió como bibliotecario y archivista de la Iglesia Católica y a fin de ese año como obispo titular de la sede suburbicaria de Sabina y Poggio Mirteto con lo cual se convirtió en cardenal episcopal.

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Con ese hombre de pequeña figura tuve no menos de diez charlas entre diciembre de 1980 y febrero de 1982.

Desde el 24 de diciembre de 1978 había sido designado representante papal especial ante Argentina y Chile para la resolución pacífica del conflicto limítrofe entre ambos. Y realmente cumplió su papel evitando una guerra inminente entre dos países eminentemente católicos gobernados por dictaduras militares. Su acción encaminó a Chile y Argentina hacia el Tratado de paz y amistad.

En esas vísperas de la Navidad de 1978 pronunció la recordada frase: "Veo una lucecita de esperanza al final del túnel".

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La primera vez que ingresé a la Santa Sede, ya como corresponsal de Clarín, fue el 12 de diciembre de 1980. Ese día el Papa recibió a ambas delegaciones para comunicarles su primera propuesta, la que había sido desarrollada en el más entero secreto. Ambos gobiernos debían dar a conocer su respuesta antes del 8 de enero de 1981.

La propuesta entregaba a Chile todas las islas en litigio, pero la Argentina obtendría limitados derechos a instalaciones en las islas y recibiría amplios derechos de navegación en la zona. La zona de aguas interiores chilenas sería muy reducida y debería ceder a la Argentina derechos de explotación económica, investigación científica y de manejo medioambiental. La mayor parte del territorio marítimo en disputa sería argentino, pero la Argentina debería ceder en él a Chile los mismos derechos que habría de recibir en el mar de jurisdicción chilena.

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El 25 de diciembre de 1980, Chile, a pesar de algunas reservas, aceptó la propuesta. La Argentina nunca rechazó formalmente la propuesta y sólo emitió una nota el 25 de marzo de 1981, dos meses después del plazo dado por el papa Juan Pablo II, dirigida a la Santa Sede y expresando su descontento porque no entregaba islas a la Argentina y permitía una profunda presencia chilena en el Atlántico.

Recuerdo que en una de esas charlas con Samoré le pregunté si pensaba que con dos gobiernos militares se podía llegar a un acuerdo pacífico. Tras señalarme que lo que diría era absolutamente “off the record”, respondió:

-La Iglesia no tiene los mismos tiempos que la política. Puede esperar hasta que cambien las condiciones políticas en la Argentina.

-¿Y mientras tanto?

-El objetivo es que se vayan disipando las posibilidades de guerra.

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Y así fue. Todo 1981 Samoré lo dedicó a entrevistarse en forma separada con los equipos mediadores a los que consultaba sobre sus pretensiones, argumentos y posibilidades de ceder en sus apuestas. Sólo rara vez se hicieron reuniones conjuntas.

Las negociaciones se realizaron en la Casita de Pío IV, la sede construida en el siglo XVII que alberga desde entonces la Pontificia Academia de las Ciencias.

Hubo momentos de mucha tensión. Tras la no aceptación argentina a la propuesta papal.

Pero no se llegó al enfrentamiento armado a pesar de algunas provocaciones.

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El 29 de marzo de 1981 asumió el poder en la Argentina Roberto Viola, pero no logró imponerse a los sectores duros de las fuerzas armadas argentinas.

Sin consultar con el mando político, el Ejército Argentino detuvo a una supuesta red chilena de espionaje. La medida tuvo repercusión en Chile, donde de detuvo a dos supuestos espías argentinos. En una escalada de la tensión, el 28 de abril de 1981 el general Leopoldo Fortunato Galtieri, comandante en jefe del ejército, cerró la frontera con Chile, de norte a sur, sin consultar al presidente, Roberto Viola.

Recuerdo otra charla con el cardenal a mediados de 1981.

-Estos tipos quieren guerra, cardenal-, recuerdo que le comenté.

-Quedarían muy expuestos y aislados internacionalmente. El último paraguas que les queda es la mediación.

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Era evidente que Viola nunca tuvo el poder y finalmente, el 22 de diciembre de 1981 asumió el gobierno Leopoldo Fortunato Galtieri.

Galtieri llegaba con hambre de guerra. Una de sus primeras medidas fue denunciar en enero de 1982 el Tratado de Solución Judicial de Controversias firmado con Chile en 1972, que permitía a cada uno de los países acceder a la Corte Internacional de Justicia de La Haya en caso de litigios, una opción que guardaba Chile como instancia última.

El 19 de febrero de 1982, seis semanas antes del comienzo de la Guerra de las Malvinas, el remolcador argentino ARA Gurruchaga ancló por tres días en la Isla Deceit a pesar de las protestas chilenas y violando el Acta de Montevideo que exigía sustraerse de realizar actos que perturbasen la armonía entre ambas naciones.

Todos estos obstáculos debieron ser eliminados o por lo menos aligerados por el cardenal Antonio Samoré para poder mantener siquiera la apariencia de negociaciones en curso.

En los hechos no hubo avance oficial en las negociaciones, en parte porque Chile no quiso aceptar ceder en lo que ya había aceptado, la propuesta de 1980.

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Y es en este punto donde un hecho ajeno a la mediación modifica sustancialmente la situación política. El 2 de abril de 1982 el gobierno de Galtieri ordenó el desembarco de fuerzas argentinas en las Islas Malvinas.

Tras la Guerra de las Malvinas el debacle argentino causó la caída del gobierno de Galtieri y su reemplazo por el general (R) Reynaldo Benito Bignone, quien gobernó sólo con el apoyo del ejército. La derrota, el desprestigio de la cúpula militar, la falta de apoyo siquiera entre las fuerzas armadas y la brevedad de su presidencia impidieron avances en esta etapa de las negociaciones con excepción de la prórroga del Tratado de Solución Judicial de Controversias de 1972, acordada el 15 de septiembre de 1982.

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El 10 de diciembre de 1983 asumió el poder Raúl Ricardo Alfonsín y uno de sus principales objetivos fue reinsertar nuevamente a la Argentina en el concierto de naciones. Para ello buscó una solución pronta al problema del Beagle. Las negociaciones se agilizaron de tal manera que, cambiando el método usado hasta entonces, las negociaciones entre Ernesto Videla y Marcelo Delpech, jefes de delegación de Chile y la Argentina respectivamente, se realizaron más en Sudamérica que en Roma.

Basado en propuestas de ambos gobiernos el cardenal Agostino Casaroli a cargo de la mediación por el fallecimiento de Samoré, presentó el 11 de junio de 1984 la última propuesta papal de la mediación, no sin antes aclarar que un rechazo de la propuesta significaría para el Papa el término infructuoso de la mediación. Ambas partes aceptaron la propuesta, en principio.

Alfonsín convocó a un plebiscito triunfando ampliamente el acuerdo.

El 29 de noviembre de 1984 fue firmado en Roma el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile por los respectivos ministros de Relaciones Exteriores Jaime del Valle de Chile y Dante Caputo de la Argentina.

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El cardenal Antonio Samoré no pudo ver la concreción del tratado pues falleció antes de la firma del mismo, el 3 de febrero de 1983 en Roma, siendo enterrado en la iglesia del Monasterio de los Carmelitas en Vetralla, cerca de la ciudad italiana de Viterbo.

En su honor se rebautizó el segundo paso en importancia entre Chile y Argentina como Paso internacional Cardenal Samoré (Ex- Paso Puyehue).

Como corolario, este humilde corresponsal podría decir que no debe haber sido fácil mediar con personajes como Pinochet o Galtieri. Para ellos, los ejércitos se dividían entre halcones y palomas.

Habían triunfado los tiempos de la Iglesia. El mantenimiento de la paz fue la obra de la paciencia del mediador y también de su autoridad moral, que impidió a una junta militar ansiosa de guerras enfrentar a dos países limítrofes.




Cumpleaños:

Gustavo Enrique Almirón

Juez de Familia, Presidente Colegio de Magistrados
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