HISTORIAS CONTADAS CON DOS DEDOSApril 7, 2017

La Logia P2, Italia, Argentina y el poder oculto

Muchas veces, amigos y conocidos me han preguntado qué fue la famosa P2. La explicación se puede encontrar en mis artículos en Clarín de esa época o en mi libro Cómo y porqué sobrevive Italia, editado por Hachete en 1983. A continuación el texto actualizado.

Por Juan Carlos Bataller
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El general Suarez Mason en una foto de 1981.
Tapa del diario romano La República, luego del “suicidio” de Calvi.
Una imagen de Calvi colgando en uno de los puentes del Támesis, en Londres
Emilio Masera fue recibido por Paulo VI
En 1974 fue condecorado por el presidente Juan Domingo Perón.
Una de las últimas fotos de Gelli. Murió en Arezzo el 15 de diciembre de 2015. Tenía 96 años.
Liccio Gelli en su momento de mayor esplendor. Había comenzado como vendedor de colchones, fue “camisa negra” y ferviente anticomunista.

El «gran descubrimiento» se produjo el 17 de marzo de 1981. Tres magistrados milaneses, Gherardo Colombo, Giuliano Turone y Guido Viola, que investigaban sobre el fingido secuestro del otrora poderosísimo banquero Michele Sindona –en ese momento detenido en los Estados Unidos– resolvieron allanar la villa que Licio Gelli, el misterioso e intocable «Gran Maestro» de la logia masónica Propaganda 2 (más conocida como P-2), poseía en la localidad de Arezzo y las oficinas de éste en la empresa GioLe, de Castel Fibocchi, ambas en la espléndida región toscana.

Aparentemente se trataba de un simple operativo de rutina tendiente a investigar las posibles conexiones que existían entre el banquero y Gelli y su logia. O quizás no era así. Porque en la vida política italiana nada es fortuito. Los escándalos nacen, se desarrollan, amenazan despedazar al país… y mueren.

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Siempre movidos por intereses y objetivos políticos. Los escándalos constituyen un elemento fundamental, agotador y muchas veces revitalizante en la lucha por el poder. El expediente no sólo lo utilizan los partidos de la oposición contra el gobierno o el gobierno contra la oposición. También recurren a él los partidos que integran una misma coalición para desgastar a sus «socios» y hasta sectores enfrentados de un mismo partido.

Para muchos observadores, el escándalo constituye un deporte nacional de los italianos. Pero es justo reconocer que éste es uno de los pocos países donde los trapos sucios se lavan a la luz del día. Y quien no sabe hacer las cosas o no tiene el suficiente poder o habilidad para encontrar una solución políticamente potable que le permita salir del problema en que se metió –o lo hicieron caer–, paga. Así sea el mismo presidente de la República, como le ocurrió a Giovanni Leone, en el sonado «escándalo Lockheed».

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Pero en este caso no se trataba de un escándalo más. Al abrir una valija que contenida documentos, los magistrados advirtieron que habían descubierto algo más grande de lo que esperaban. Apareció una lista de 962 afiliados a la logia masónica «cubierta» P-2, documentos relacionados con los más sonados escándalos de los últimos tiempos, nombres de personajes de países –entre estos Argentina– elementos que probaban exportaciones clandestinas de capital, operaciones financieras ilícitas, chantajes. De pronto otra Italia, subterránea, secreta, amenazante, había salido a la luz.

Los italianos, siempre adeptos a las definiciones rimbombantes, no dudaron en calificarlo «el escándalo de los escándalos». Un caso que dominaría la escena política durante todo 1981 y que nunca llegó a cerrase.

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La lista de los presuntos inscriptos causó conmoción no sólo en Italia sino también en la sede de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y en todo el mundo. En ella, entre decenas de militares, aparecían nombres libres de toda sospecha: Giovanni Torrisi, jefe del estado mayor de Defensa (máxima autoridad militar); Walter Pelosi, jefe de CESIS, el órgano de coordinación de los servicios secretos italianos; Giuseppe Santovito, general y jefe del SISMI, el contraespionaje militar; Giulio Grassini, general de los «carabinieri» y responsable del SISDE, el servicio de seguridad interno; Bruno Di Fabio, un oficial de la Marina que trabajaba en la oficina de informaciones de la OTAN donde llegan los informes secretos de los quince países miembros de la Alianza; Angelo Rega, un funcionario del Ministerio de Industria destacado en representación del gobierno italiano ante el comando aliado.

Para los altos mandos de la OTAN no se trataba sólo de un problema político interno de Italia. Si un militar pertenecía a una logia, a quien servía: ¿a su país, a la alianza o la hermandad?

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El parlamento italiano, mientras tanto, era un hervidero. En las hasta el momento desconocidas listas de la P-2 figuraban los ministros de Justicia, el democristiano Adolfo Sarti; de Comercio Exterior, el socialista Enrico Manca, y de Trabajo, el democristiano Franco Foschi. También estaban el secretario general del Partido Socialista Democrático (componente de la mayoría de gobierno), Prieto Longo; dos decenas de diputados y senadores que representaban a casi todos los partidos actuantes en el parlamento (sólo faltaban hombres de las bancadas comunista y radical), ex funcionarios, ex legisladores, conocidos dirigentes provinciales y nacionales.

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Los nombres circulaban como reguero de pólvora y llegaban hasta el Consejo Superior de la Magistratura (la Corte de Justicia), donde algunos de sus integrantes aparecían comprometidos, a las jefaturas de policía de las importantes ciudades, al mundo de las altas finanzas, que se conmovió al leer el nombre de Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, el más poderoso banco privado del país, estrechamente ligado a las finanzas vaticanas.

En el periodismo la conmoción no era menor. Angelo Rizzoli, el propietario de la principal editorial italiana, poseedora de decenas de publicaciones, entre ellas el tradicional «Corriere della Sera», el diario más prestigioso de la península, y entonces copropietaria de la Editorial Crea en la República Argentina, se mencionaba junto a una lista en la que también aparecía una decena de directores y periodistas de medios de difusión escritos y televisivos del grupo.

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Las noticias cruzaban el océano. Las agencias informaban que en las listas de Licio Gelli figuraban varios argentinos. Entre los más destacados, el ex presidente provisional Raúl Lastriri, José López Rega, Alberto Vignes, César de la vega, Guillermo De la Plaza, Federico Bartfeld, José María Villone, el general Carlos Suárez Mason y el almirante Emilio Eduardo Massera.

Las listas se completaban con otros importantes personajes de Uruguay, Brasil y, sobre todo, Italia. Un diario peninsular no dudó en titular su artículo: «La multinacional del venerable Licio».

¿Pero las listas probaban que los mencionados pertenecían a la logia secreta? Sólo una minoría admitió su relación con Gelli. Otros pocos se confesaron masones pero señalaron que nada tenían que ver con las logias secretas. La mayoría negó terminantemente cualquier vinculación y no dudó en calificar el elenco como «La invención de un mitómano».

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Pero los magistrados y el gobierno –apremiados por el parlamento– decidieron que las listas debían tener estado público. El escándalo estaba en marcha. Y los magistrados sabían que tenían que vérsela con un personaje –Licio Gelli– extremadamente poderoso, que se jactaba de su amistad con el rey Juan Carlos, con Perón, con Sadat, Carter y hasta Ronald Reagan. Un hombre que desde el 13 de setiembre de 1974 estaba acreditado como consejero económico de la embajada argentina ante el gobierno de Roma (había adoptado la doble ciudadanía en virtud de la ley 282 de Italia en base a la cual cualquier ciudadano peninsular podía ser también argentino y viceversa) y que en octubre de ese mismo año 1974 había sido condecorado por el gobierno de nuestro país con la «Gran Cruz de la Orden del Libertador General San Martín». Los abogados de Gelli pronto hicieron sentir su voz, denunciando que había sido «avasallada la inmunidad de un diplomático argentino», argumento que fue inmediatamente descalificado por los jueces, que alegaron que solo se había «allanado el domicilio de un ciudadano italiano».

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Los cargos contra Gelli se sucedían sin interrupción. El oscuro pistoiese nacido el 21 de abril de 1919 que ni siquiera logró alcanzar el título de perito mercantil en el «Instituto Técnico per Regioneri» de su ciudad natal estaba en boca de todos. Se había transformado en un personaje de leyenda que los diarios alimentaban habiendo resaltar sus características hasta el ridículo. Pero quedaba en pie una duda: para algunos, Gelli era un habilísimo titiritero. Para otros, simplemente una marioneta, que supo tejer pacientemente una tela de araña proyectada por otros que aún permanecían en las sombras.

Lo concreto era que el hombre que de martes a viernes atendía a los más encumbrados personajes de la vida italiana en su suite del señorial Hotel Excelsior, en la famosa Via Veneto, de Roma, movía hilos de los que pendían servicios secretos, ministros, parlamentarios, jueces, financistas, directores de diarios. En una palabra, había construido un «poder invisible», un estado dentro del estado, con ramificaciones insospechadas. Un poder en el que sólo él conocía a todos sus súbditos pero en el que éstos no se conocían entre sí y, en la inmensa mayoría de los casos, sólo creían que integraban una «hermandad» en la que todos daban y recibían ayuda para hacer carrera más rápidamente, para aumentar sus poderes, para incrementar sus patrimonios, para sentirse, en definitiva, defendidos en una sociedad caracterizada por la crueldad y los egoísmos y en la que todo el mundo intentaba sacar provecho. Pero Gelli, evidentemente, sabía cuál era su juego. Sabía perfectamente que si ayudaba a alguien a escalar posiciones en su órbita de acción, luego recogería beneficios y mayor poder.

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Naturalmente, en el juego había ganadores y perdedores. Y el principal perdedor era la democracia italiana. ¿Cómo esa democracia, que llena de orgullo a los italianos, pudo permitir la gestación de tan inmensa máquina de poder? Una explicación atendible es la de Carlo Rognoni, director del semanario «Panorama»: «Esa lista de 962 masones no estaba formada solo de granujas (pocos) o de golpistas (aún menos). En su mayoría estaba integrada por débiles, ambiciosos, hasta ingenuos, que difícilmente puedan dar una explicación coherente a sus actitudes». Un ejemplo puede ser el periodista Maurizio Gelli –un hombre en el punto más alto de su carrera, director periodístico de la cadena televisiva de la Rizzoli, quien en una entrevista afirmo llorando: «Yo no necesitaba de la P-2 para hacer carrera. Pero me inscribí. ¿Por qué? Porque soy un cretino».

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Hay un elemento que debe tenerse en cuenta: los italianos siempre tuvieron vocación por las sociedades secretas. Una prueba de ello lo constituyen la mafia siciliana, la camorra napolitana, la `ndrangheta calabresa, que controlan buena parte de la economía del país y gozan de probada complacencia en importantes estamentos del país. Pero la P-2 no era una organización para delinquir, aunque Gelli y unos pocos más –la ínfima minoría de sus miembros– pudiera haber obtenido ganancias en negocios no claros.

Eugenio Scalfari, director del diario romano «La Repubblica», intento alguna vez una explicación a todo esto: «El moralismo no está de moda en las sociedades industriales opulentas. Allí donde el estado interviene regulando la acumulación de la riqueza y su distribución y allí donde la riqueza es grande, una dosis de corrupción es inevitable. Tratar de perseguir y destruir cualquier brote en ese sentido seria como luchar junto al monje de Savonarola contra el desarrollo de la Florencia de los Medicis. En el caso de la P-2 no se trata y no se trató nunca de moralismo. Se trata más bien de un proceso de mutación de la estructura de poder»

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Esa mutación tenía la forma de una maquinaria que utilizaba información para conseguir favores que permitían a sus mentores concretar grandes negociados e influir cada vez más en el país. Una maquinaria apta para chantajes, la presión a través de cierta prensa o la utilización de canales financieros. En Italia las estructuras básicas de la solidaridad social son la familia y el partido político. Así como en la India son la familia y la casta y en los Estados Unidos el grupo étnico y el club.

En Italia, en todas las decisiones económicas, profesionales, en la asignación de puestos y cargos, prevalece siempre el criterio político, de partido o de corriente. Es en el ámbito de los partidos y de las corrientes que se deciden no sólo quién debe ser primer ministro, secretario o presidente de un banco sino también quien presidirá un congreso o una muestra filatélica. Y es por eso que palabras como «clientelismo» o «loteo» del poder son típicas del lenguaje político peninsular.

Francesco Alberoni, editorialista del «Corriente della Sera» se preguntaba en un artículo si no sería precisamente por ese dominio de lo político que algunos haya sentido la necesidad de formas de solidaridad no políticas, no partidista.

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Pero mientras en los Estados Unidos los clubes –piénsese en el Rotary o en los Leones– tienen gran influencia, en Italia no alcanzan significación. El verdadero núcleo económico y político de las sociedades norteamericanas, el club, en Italia no existe. Y las instituciones no pueden trasplantarse.

Para Alberoni, otro factor que pudo determinar la afiliación a la P-2 puedo haber sido la necesidad de un ritual, de un pacto jurado, de una simbología sacra capaz de cementar la voluntad. El mundo –sostiene– no existe solo una necesidad infantil de sociedades secretas sino también una profunda necesidad de solidaridad y de seguridad en una sociedad donde la competencia es tremenda y en el cual nadie se puede abandonar completamente. Los partidos italianos, en su gran mayoría, han perdido mucho de sus bagajes de ideales, no exigen sacrificios ni militancia ni siquiera dedicación. No aseguran más el cálido sentimiento de fraternidad que tuvieron en sus orígenes. Son cada día más asociaciones competitivas.

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La logia, la «hermandad», ofrecían aparentemente a los incautos adherentes la cuota de protección y apoyo que se necesita en una sociedad donde el poder de una persona en la lucha política se mide en base a una invulnerabilidad ante los escándalos.

A la P-2, en resumen, se podía adherir por los motivos más dispares. Desde hacer buenos negocios a complotar; desde una necesidad de solidaridad y seguridad hasta para escalar más rápidamente posiciones en los partidos, en las empresas, en la función pública. Pero la existencia de la P-2 estaba indicando claramente un síntoma social que, incapaz de expresarse a través de movimientos e instituciones vitales, se traducía en este tipo de asociaciones.

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Nadie puede asegurar si la lista conocida de adherentes a la P-2 incluye a todos sus miembros, si figura gente que nada tenía que ver o si es solo una ramificación de otras agrupaciones similares. Lo que nadie duda es que traducía un síntoma de la decisión de un grupo de cambiar las estructuras tradicionales del poder. La estructura como logia masónica, por si sola, no era ni siquiera indispensable para asegurar o consentir el funcionamiento del mecanismo. Pero se prestaba excelentemente para camuflarlo o, en última instancia, cobijarlo dentro del más vasto ámbito de la masonería oficial, a la que, sin lugar a dudas, el caso perjudico enormemente.

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El caso es que ante esa mutación de la estructura de poder cada italiano debía formularse una profunda autocritica y tomar posiciones. Porque tomar a la P-2 como una simple organización para cometer delitos y reprimirla con el código penal en la mano constituía una tarea absurda. Significaba no entender lo que había pasado. La P-2 solo podría haberse gestado en medio de una profunda crisis de la vida política del país. Una crisis que algunos partidos y la mayoría de los diarios intentaban poner al descubierto. Y que otros pretendían continuar ocultando, aislando el episodio, protegiendo y amnistiando a los políticos implicados en la logia, sugiriendo juzgar las actividades individuales y no el fenómeno colectivo.

Enrico Berlinguer, el líder del Partido Comunista, decía en aquellos meses: «Los partidos de hoy son sobre todo máquinas de poder y de clientela. Conocen poco de la vida y los problemas de la sociedad y de la gente. Las ideas, los ideales y los programas son escasos y vagos; los sentimientos y las pasiones civiles, cero. Gestionan los más disparatados intereses, lo más contradictorios, hasta los que no tienen relación con las exigencias y las necesidades humanas emergentes».

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¿Era, en definitiva, esa distorsión de la vida de los partidos lo que había empujado a algunos ciudadanos importantes a creer más en una sociedad secreta que en la vida democrática? Algo de eso pudo existir. Pero es de presumir que existían otros elementos que no podían dejarse de lado.

Porque ¿era lícito llegar a la conclusión de que un personaje activo prejuiciado, conocedor de las debilidades del ser humano pero al fin de cuenta intelectualmente modesto y sin carisma personal, como Licio Gelli, había sido capaz de montar un mecanismo de esas dimensiones y complejidad? ¿Podía haberlo hecho sin que detrás de él y a un nivel mucho más elevado hubiera otro –u otros– personajes?

En Italia siempre se habló de poder oculto y poder oficial. Y es comprensible, aunque no se acepte, que así sea si se tiene en cuenta la complejidad de la sociedad peninsular. Los italianos creen en todo y no creen en nada. Han visto y oído tantas cosas, han observado pasar tanta agua por el Tiber, que pocas cosas pueden apasionarlos o desilusionarlos. O tan siquiera sorprenderlos.

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¿Acaso la mafia siciliana no jugó un activo papel en favor de los aliados en el final de la Segunda Guerra Mundial y fue reconocida por aquéllos? ¿O no es cierto que la Libia de Kadafi, sospechada y acusada de propiciar y financiar a los terrorismos de extrema derecha y extrema izquierda italianos posee acciones en el Fiat, que es la mayor empresa del país? ¿O quizás alguien duda que la mafia y la camorra y se dedicaban al contrabando y venta de cigarrillos, la trata de blancas, la extorsión al comercio y la industria y el negocio de la droga? ¿Es necesario o no negociar con los grandes «boss» de la mafia para ganar las elecciones en Sicilia? ¿Alguien puede ignorar que en Nápoles la camorra es ya el principal empleador?

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No, nadie puede ignorar que la economía y la política italianas son más complejas, llenas de vericuetos y sorpresas. Lo extraño es que todo puede funcionar en armonía y el país gozar de un alto nivel de vida, de libertad, de democracia. Una armonía que solo se rompe cuando estallan los escándalos. Cuando las fuerzas políticas buscan nuevos reacomodamientos, intentan ganar nuevas posiciones. Y quizás sea así porque todos tienen perfectamente en claro que el «juego del escándalo» es lícito siempre y cuando no se llegue a un punto de ruptura. Ese inmenso barco en forma de bota, con más de 55 millones de personas a bordo y mucho ingenio pero pocos recursos para aprovechar, aceptar pasar por las peores tormentas, hasta casi llega a gozar cuando su casco cruje por la violencia de fuerzas contrapuestas, no le agobia ensuciar y lavar su honor cada día. Pero ¡Cuidado!, que nadie quiera llegar al naufragio final, que nadie pretenda tirar de la cuerda hasta que ésta se corte, porque fracasará. Y no será perdonado.

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Es entonces lícito hablar de poder oculto y poder oficial. Es entonces admisible mencionar a «los poderes invisibles» de Italia. Aunque difícilmente alguien vaya más lejos del enunciado de esa tesis. Como cuando el líder socialista Battino Craxi habla de un hipotético «gran viejo» que manejaba los hilos del terrorismo y los más imaginativos piensan en un venerable anciano de cabellos blancos y porte distinguido que desde su sillón de la presidencia de una gran empresa o su poltrona en un ministerio, ordena matar, secuestrar, comprar armas o asaltar bancos. ¿Cuánto hay de imaginación y cuánto de verdad en las suposiciones sobre todos los «grandes viejos» que cobija la vida italiana? Hasta ahora nadie supo probar nada. Quizás porque son tantos los «grandes viejos» que no existe un «gran viejo».

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En ese escenario se desarrolla el caso de la P-2, el mayor de los escándalos en la historia italiana. Un escándalo en el que muchos pagaron los platos rotos. Y a la luz pública, ante los ojos de todos. Así fue como a los pocos días de iniciadas las revelaciones cayó el gobierno del democristiano Arnaldo Forlani y por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la democracia cristiana perdió el sillón de primer ministro, que paso a hospedar la robusta humanidad del republicano Giovanni Spadolini, representante de un partido que solo concentra el tres por ciento del electorado. Fue tan grande el cimbronazo que debió llegarse a una solución de este tipo.

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Así fue como se desencadenó la más grande «purga» en los vértices de las fuerzas armadas y de seguridad que se recuerde en la historia de los países democráticos.

Así fue como renunciaron directores de diarios presuntamente comprometidos en la logia y el imperio editorial de los Rizzoli amenaza derrumbarse en cualquier momento.

Así fue como renunciaron magistrados, parlamentarios, funcionarios, ministros del gabinete nacional, como se conmocionaron la mayoría de los partidos políticos, como se escribieron millares de artículos periodísticos y varios libros.

Así fue como se produjeron misteriosos suicidios, entre ellos el de algún exponente de las fuerzas de seguridad y como el hasta entonces intocable presidente del Banco Ambrosiano, Roberto Calvi, apareció colgado de un puente sobre el londinense río Támesis.

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También es así como el Vaticano se ha visto envuelto en una historia que lo perjudica y el nombre de sus encargados de las finanzas aparece mezclado junto a los de Calvi o Sindona.

Y así es, finalmente, como se continúa hablando del caso y aparecen derivaciones y ramificaciones insospechadas, en negocios internaciones que va desde la venta de armas hasta oscuras financiaciones y de las que pocos miembros de la logia estaban informados.

El caso continuó extendiéndose como una bola de nieve en Italia y en otras partes del mundo.

Lo paradójico es que el capítulo argentino, que pareciera ser uno de los más importantes de esa historia, está cerrado. Al menos, no se lo investigó, con el fin de determinar por encima de instrumentalizaciones políticas que significó y cuál fue su influencia en al menos diez años de la historia argentina.


Cumpleaños:

Raúl Vildoso

Director propietario de FM Chimbas
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