ALGO DE ALGUIENJulio 21, 2017

¡Peligro!

Por Gustavo Ruckscholss
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Decían que por donde pasaba Atila no crecía más la hierba. Era una doble verdad, porque asolaba moral y realmente. Le tenían miedo integral. Hacía que el suelo llorara bajo su paso. Tan solo el oír sonar sus hordas sobre la tierra, hacía temblar.

Las tropas alemanas de tanques Panzer arrasaban desde la helada Rusia hasta los abrazadores desiertos de África. Sus infalibles orugas eran imparables. Hizo falta medio mundo para lograr contrarrestar semejante avance de ruedas, camiones y equipos andantes.

Actualmente, también convergieron países de dos medios mundos, para tratar de frenar y dominar el avance feroz de las ruedas del Estado Islámico. Son ejemplos del andar predador de algunos humanos sobre la tierra. En todos los casos quienes andaban en esas manadas de humanos eran "malos", tenían caras de malos y actuaban como malos. Eran lo único sincero, no parecían más que lo que eran: malos.

Yo no temblé ante los bárbaros de Atila, tampoco ante el rugir de los Panzer ni el dañino andar del ISIS, por suerte. Las épocas y las distancias, hasta ahora, me han salvado.

Pero no quiere decir que esté a salvo de su equivalente actual, aquí y ahora... ¿Alguna vez ha pasado a la hora justa en que salen los "pequeños" de la escuela, por frente a las puertas de la misma? Anote: cientos de niños disparados en simultáneo acarreando sus carros de guerra ansiosos por salir, caiga quien caiga. Tan solo el ruido de esas miles de rueditas de sus mochilas rodantes, esas que a cada rayita del piso dan un golpe, que, sumado hace temblar el piso, los árboles, las personas y sobre todo, nuestro miedo. Nos sentimos como si estuviéramos en medio de una estampida de toros, muchos toros, ciegos en su avance.

Si uno sobrevive y logra pasar frente a la escuela más o menos entero, se dice a sí mismo que antes no ocurrían estos atropellos y cosas por el estilo. Que había orden, disciplina y, sobre todo, buena educación, y es cierto. Por sobre todo no había miles de rueditas insólitamente desbandadas que te pisan los pies, los zapatos, te golpean las rodillas...y más arriba. Te empujan desde un poco más arriba de la cintura hasta el dedo meñique. Que atentan, eficazmente, contra tu integridad de varón y todas las variaciones que se le ocurran. Por si fuera poco, en un estratégico ataque de pinzas, las madres se abalanzan para alcanzar a su ser querido (parece que los demás no somos queridos) a sangre y fuego. Es decir, que uno queda a su merced del destino, incluso sin poder rezar, en medio del choque.

Pido, entonces, a los grandes historiadores que consten estas miles de batallas, que, como dice el Papa, hacen una guerra mundial distribuida., sin que nadie se les oponga y, encima, se ven como criaturas adorables.




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