IMAGENESJulio 21, 2017

La violencia y las violencias de odio

Por Eduardo Peñafort
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"Las últimas siete canciones" Acrílico sobre lona. Guillermo Kuitca. Foto: Christie s

Todos los días y por todos los medios, tomamos conocimiento de episodios de violencia que nos sorprenden. Además de la guerra en sentido tradicional, en el ámbito público la imaginación es inagotable: barcos para cazar inmigrantes en el Mediterráneo, cercos en la frontera norteamericana, los lugares para atentados de ISIS, etcétera y etcétera. La inventiva pública es simétrica de la abrumadora frecuencia con que se suscitan en el mundo privado.

Los mitos y la filosofía, como relatos maestros, han ensayado diversas explicaciones del origen y desenvolvimiento de la violencia. Guillermo Hegel en una novela de terror que se interpreta como texto filosófico sostiene, no demasiado alejado de las diversas narraciones míticas, que el uso de la fuerza entre los hombres da origen a la historia humana, porque estima que el miedo a morir funda la relación entre amos y esclavos. Para el célebre pensador, los hombres se diferencian del resto de los seres existentes, porque mientras los segundos desean cosas para alimentarse y subsistir, los seres autoconscientes establecen “luchas a muerte” para dominar a otro por el placer de dominar, someter al contrario y obligarlo a que lo reconozca como vencedor.

En tal sentido, la connaturalidad de la violencia con la naturaleza humana se ha visto tolerada desde siempre con la idea de violencias legítimas: monopolio estatal de la violencia, violencia en defensa propia, guerra legítima y así sucesivamente. Lo que resulta importante en este punto es descubrir cómo se naturaliza la violencia; los límites que se le establecen para ser admitida, hasta el punto que se incorpora en la vida cotidiana y resulta inclusive objeto tanto de la cultura como de la educación. Las artes plásticas están saturadas de imágenes celebradoras de ellas: Judith de Artemisia Gentileschi, el Rapto de las Sabinas de Poussin y podríamos llegar a un número incalculable.

Es en esta articulación en la que se plantea el concepto de “violencia de odio” para referirse a aquellos hechos que se suscitan cuando una persona ataca a otra motivada exclusivamente por su pertenencia a un determinado grupo social, según su edad, sexo, identidad de género humano, religión, raza, etnia, nivel socio-económico, nacionalidad, ideología o afiliación política, discapacidad u orientación sexual. ?La causa de ello es claramente el deseo de alguien de exterminar a otro, aunque queda oculto por legitimaciones culturales. El castigo físico a los niños fue considerado recomendable durante siglos, la lucha contra los creyentes en otra religión mereció alabanzas, hay varias ideologías que se han considerado delito – de allí su prescripción -. Los odios también se naturalizan hasta el punto que alcanzan hasta un grado de reconocimiento social positivo, cuyo único límite, en estos tiempos científicos, son los concepto de violencia patológica (sado-masoquismo – que tiene que ver con la “violencia cruzada” y pedofilia, por ejemplo -); que no sólo incluye el dominio físico sino también el psicológico.

El tema de femicidio es un tipo de violencia de odio, en el que el asesinato de una mujer - torturas, mutilaciones, quemaduras, ensañamiento y violencia sexual - se funda en el hecho de ser mujer. Y aquí la cosa se complica, porque se trata de definir los rasgos de lo femenino y lo masculino.

El femicidio pone en entredicho no sólo el odio o desprecio – extensivo a innumerables interacciones humanas -, sino al placer y el sentido de posesión de la relación entre hombres y mujeres.

Además de atender a los hechos de violencia concretados, conviene observar los discursos de legitimación de la violencia: la educación de las niñas, las exigencias a las adolescentes, los requisitos para ser pareja o esposa, la legalidad o ilegalidad de una relación. Es allí donde empezaremos a desentrañar caminos para delimitar el concepto y señalar los modos de vida en que los crímenes de odio y el femicidio resultan “la noticia nuestra de cada día”.


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