GRANDES CASOS POLICIALESAgosto 15, 2017

Espeluznante crimen, allá en el Quinto Cuartel

Era un matrimonio que no se llevaba bien. Pero cuando apareció un tercero, la mujer planeó asesinar a su marido. La tarea le fue encargada a un conocido que no tenía buena relación con el hombre y el precio fue el de un juego de dormitorio. Los implicados no se imaginaban que serían descubiertos antes que el muerto fuera enterrado.

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Luciano Vicente Olmos, cómplice en el hecho y amante de la mujer de Elizondo.
Alejandro Roberto Camacho (a) “Gordo”, fue el autor principal del homicidio.
María Ester Funes de Elizondo, esposa de la víctima e instigadora del crimen.
Oscar Ángel Elizondo fue encontrado calcinado dentro de su camioneta. Sus manos estaban atadas al volante.
Dibujo Miguel Camporro

Una nota de Alejandro Sánchez


El historial delictivo de San Juan revela que, entre los distintos casos, existen homicidios de características espeluznantes y que siempre son recordados por ser muy escasos, como aquel individuo que escalpó con vida a su antagonista, hecho que dimos a conocer tiempo atrás en estas páginas. Ocurrió otro crimen en abril de 1991 en Quinto Cuartel, jurisdicción de Pocito. Un hombre, vecino del lugar, fue muerto calcinado dentro de su camioneta, para luego ser abandonado en un campo distanciado de su domicilio.

Víctima de este triste y macabro suceso fue Oscar Ángel Elizondo. EI crimen fue maquinado por la propia esposa, María Ester Funes, y los ejecutores fueron Luciano Vicente Olmos, amante de la mujer y Alejandro Roberto Camacho. En menos de 24 horas, personal de la Brigada Sur consiguió esclarecer el caso. Los dos hombres fueron detenidos y puestos a disposición de la justicia. La mujer fue arrestada en una vivienda de Valle Fértil, donde se velaban los restos del esposo.

Posteriormente, y tras cumplido el proceso judicial, los tres protagonistas del crimen fueron sentenciados a prisión perpetua y actualmente se hallan alojados en las respectivas cárceles.

EI crimen se cometió por un nuevo juego de dormitorio

Se habían cumplido 19 años de matrimonio entre Oscar Ángel Elizondo y María Ester Funes. Él contaba 45 años de edad y ella 36, con tres hijos menores. Ambos se domiciliaban en calle Chacabuco y Estanislao del Campo, barrio Quinto Cuartel, Pocito. Elizondo era oriundo de Valle Fértil, donde tenía su familia y últimamente se dedicaba a manejar camiones. Hasta diciembre de 1990, los esposos vivían armoniosamente, sin problemas económicos, y sus hijos concurrían normalmente a la escuela.

Luego de aquella fecha, las relaciones del matrimonio comenzaron a distanciarse debido a continuas desavenencias. Hubo entre ellos continuas discusiones que a veces finalizaban en peleas. Pero la intervención de los hijos calmaba los ánimos. Un día llegó al hogar un hombre de baja estatura que dijo llamarse Luciano Vicente Olmos y pedía alquilar una habitación.

Ocasión para un asedio amoroso

Desde su habitación, el nuevo inquilino escuchaba las discusiones sostenidas entre Elizondo y Mary, su esposa.

Varias veces este último abandonaba el hogar por la noche y regresaba a la madrugada. Comentaba que tal alejamiento lo hacía para no discutir con su mujer porque ya lo tenía cansado. Destacó que casi ya no existía amor entre ambos y que lamentaba tal situación por la presencia de los tres hijos.

Para entonces, ya Olmos miraba a Mary con otros ojos, con otras intenciones, quizás de la misma forma en que la mujer pensaba en él durante las noches de soledad. Poco a poco, y en escaso tiempo, iba creciendo un mutuo interés y acercamiento entre ellos. Tal situación amorosa era aprovechada en ausencia de Elizondo y pronto se convirtieron en amantes. La odiosa situación entre el matrimonio se hizo más insoportable y en más de una oportunidad Mary le pidió a su marido que se fuera del hogar. Que buscara a otra mujer. Pero él seguía amarrado al hogar y a sus tres hijos. Almorzaba y cenaba con ellos, pero dormía en habitación separada.

En medio de ese desequilibrio hogareño apareció otro individuo, conocedor del matrimonio, Alejandro Roberto Camacho, quien se desempeñaba como obrero de finca. El hombre mantenía cierta distancia con Elizondo por existir animosidad entre ellos.

Ya habían discutido varias veces y siempre Camacho lo amenazaba con “algún día nos quitaremos las ganas”. Sin embargo, Camacho insistía en visitar al matrimonio para ofrecerles aceitunas que él se encargaba de cosechar.

La esposa planea el crimen

Una noche, durante la cena, demostrando calma en sus expresiones, Mary le hizo conocer al esposo su decisión de divorciarse legalmente. Le anunció que al día siguiente, o sea el 10 de marzo, concurriría a la oficina de un abogado para iniciar tales gestiones. Elizondo le respondió que hiciera lo que quisiera, pero él se negaría y se opondría y que nadie lo separaría de sus hijos.

La decidida actitud del marido hizo que Mary empezara a maquinar la idea de eliminarlo. Pensaba construir la sutil trama del drama fatal.

Pensó contar con el apoyo de su amante Olmos, pero éste, tras conocer la decisión de su amada, se negó a participar en el crimen. Dijo que no consideraba necesario acabar con su vida y que no lo tuviera en cuenta para tal idea. Le aconsejó que buscara a otro hombre, como por ejemplo, al “Gordo” Camacho.

La mujer no esperó un día más. Salió en busca de aquel individuo y cuando ambos estuvieron juntos, le contó su decisión de eliminar al esposo. Le ofreció a cambio del crimen lo que él le pidiera, sin tener en cuenta el costo. Camacho, en un primer momento, quedó asombrado y luego le respondió: “Dame una semana para pensarlo. Después te contesto si agarro viaje en el asunto”.

Transcurrieron siete días de espera y el sábado 20, Camacho llegó a la vivienda de Mary en ausencia de Elizondo.

La respuesta al pedido fue la siguiente: “Está bien, lo voy a hacer, pero a cambio quiero un juego nuevo de dormitorio. Siempre quise tener una cama nueva y parece que mi deseo se va a cumplir”.

La noche del crimen

Al día siguiente, Camacho se trasladó hasta el domicilio de Elizondo, sabedor de que a esa hora lo encontraría.

Una vez juntos, le anunció que tenía varios kilos de aceitunas en buenas condiciones y baratas y que podía ganarse unos pesos. Para concretar tal operación, Elizondo tenía que llegar el lunes por la noche hasta una finca donde le haría entrega de las bolsas de aceitunas. Este anuncio se lo hizo en presencia de Mary.

El día lunes sucedió algo extraño para Elizondo. Hacía mucho tiempo que su esposa no lo despedía con un saludo cuando partía a su trabajo. Luego, en el almuerzo, estuvo muy conversadora y amable. Lo mismo ocurrió en la noche, cuando preparaba la cena, hasta que llegó Camacho para informarle que enseguida lo esperaba en calle 8 y Costa Canal para luego concurrir a la finca en busca de las aceitunas.

A pesar de la insistencia de la hija mayor para que se quedara a cenar, Elizondo se dirigió en su camioneta Chevrolet, chapa J-009894, hasta el lugar donde Camacho lo esperaba en su bicicleta, la que subió a la camioneta para luego ocupar la cabina. El destino era el callejón Morlán, ubicado en la finca Storni. Una vez en el lugar, Elizondo pidió a su acompañante que hablaran sobre el precio, pero éste, lejos de llegar a un arreglo comercial, le informó que “primero vamos a arreglar nuestras diferencias y después veremos si te vendo las aceitunas”.

Ambos descendieron de la camioneta y se trabaron en desesperada lucha y, según parece, Camacho llevaba ventaja en los golpes, pues Elizondo cayó al suelo, ocasión que aprovechó Camacho para tomarlo fuertemente del cuello hasta conseguir quitarle la vida.

Enseguida cargó el cuerpo en sus hombros y lo llevó hasta la camioneta, depositándolo boca abajo en el asiento. Siguiendo con su macabra tarea, amarró un brazo al volante y el otro al costado de la cabina. Luego, utilizando una manguera, extrajo varias veces nafta del tanque y roció todo el cuerpo de la víctima y parte de la cabina para finalmente prenderle fuego.

Mientras se incrementaban las llamas, el homicida bajó la bicicleta del rodado para emprender regreso a su casa. Allí se dio cuenta de que su camisa se encontraba manchada con sangre de su víctima, las que luego hizo desaparecer con un lavado. Pensó que alguien o la policía tardarían bastante tiempo para encontrar el vehículo incendiado, debido a lo descampado del lugar donde había quedado. En las primeras horas del día siguiente fue a la casa de Mary, a quien le anunció que el “encargue” se había cumplido exitosamente. “Espero que usted me entregue pronto el juego de dormitorio”, le dijo.

La novedad del crimen fue comunicada también a Luciano Olmos, quien desde un primer momento se había negado a participar en el homicidio. Pero se le advirtió que debía guardar silencio por conveniencia, porque también estaba comprometido y lo beneficiaba debido a que ahora viviría con la viuda.

Encuentran camioneta y detienen a los autores

La camioneta incendiada y con los restos calcinados de su dueño permaneció en el mismo lugar durante un día y dos noches. Nadie se dio cuenta de la desaparición de Elizondo, solamente sus hijos preguntaban por su regreso. Tampoco hubo denuncias sobre el caso. Lo cierto es que un obrero de finca que cruzaba el descampado de la finca Storni observó la camioneta abandonada y luego los restos calcinados. Sin pérdida de tiempo, informó la novedad en la Seccional 7ma de Pocito.

Una comisión policial de esa dependencia concurrió al lugar indicado y comprobó que se estaba frente a un hecho delictuoso. Se solicitó la colaboración a la Brigada Sur de Investigaciones, con asiento en la Seccional 6ta a cargo del comisario inspector Calixto Báez. Una comisión policial, a cargo del comisario inspector Pablo Alamo, se encargó de las primeras diligencias.

El cadáver era irreconocible por estar totalmente quemado. Pero se comprobó que alguien le había atado las manos con alambre, lo que hacía suponer que cuando fue introducido a la cabina, todavía estaba con vida. El personal policial se distribuyó por todo el distrito del Quinto Cuartel en busca de datos que pudieran facilitar la investigación. Con el informe de la camioneta se llegó a establecer que era de propiedad de Oscar Ángel Elizondo y de esta manera se localizó el domicilio.

La esposa, María Ester Funes, se encargó de atender a la policía y con pasmosa tranquilidad les informó que desconocía el paradero de su esposo. “Hacen dos noches que no viene al hogar y estoy ansiosa por saber algo de él”.

-Disculpe señora que sea portador de una ingrata noticia. Su esposo ha sido encontrado muerto calcinado en su propia camioneta.

-¡Dios mío, qué horror! ¿Quién fue el asesino que lo golpeó a mi marido? ¿Ahora qué voy a hacer sola con mis hijos?

—No se preocupe señora. Ya encontraremos al o los autores. Usted podría aportar algunos datos, si tenía enemigos o habría discutido con alguien.

—No, desconozco lo que usted me pregunta. Él era un hombre bueno, vivíamos felices junto con nuestros hijos. Nada nos faltaba. Era un hombre de hogar.

De tal entrevista, al sabueso policía le quedó una duda. ¿Cómo sabía la esposa que la víctima había sido golpeada? De ahí que se ahondó más las investigaciones y se detuvo a Luciano Vicente Olmos, de quien se pudo establecer que mantenía relaciones con Mary. Ya en la comisaría dijo no saber nada y negó su vinculación con la mujer de la víctima. Mientras tanto, el cadáver de Elizondo fue trasladado por Mary hasta Valle Fértil, para luego sepultarlo en el cementerio de ese departamento.

Confesión y arresto

Personal de la Brigada Sur proseguía con las averiguaciones del trágico suceso e insistía con el interrogatorio de Olmos, hasta que por fin confesó su responsabilidad en el hecho. “Yo no lo maté, pero sé quién lo hizo”. Minutos después fue apresado Alejandro Roberto Camacho, mientras estaba en su domicilio ubicado en la casa 7, manzana B del barrio Quinto Cuartel. En aquel entonces contaba con 19 años de edad.

Una vez en la dependencia policial, Camacho negó rotundamente su participación en el crimen. Pero enseguida se le hizo conocer que se contaba con una declaración en la que se lo acusaba de ser el autor material. Evidentemente estaba perdido y no le quedaba otra alternativa que confesar la verdad.

El detenido hizo un relato fiel de todo lo acontecido y aclaró que fue por un encargo de la propia esposa, quien le pagaría con un juego de dormitorio, el que ya lo tenía visto. Dijo estar muy arrepentido de haber matado a un hombre, destacando que vale mucho más la vida de una persona que un juego nuevo de dormitorio. Señaló en su declaración que Olmos hacía tiempo que mantenía relaciones íntimas con Mary, la instigadora, y que él estaba bien enterado del homicidio pero que se negó a cooperar.

Contando con las declaraciones de los dos detenidos, una comisión policial se trasladó hasta Valle Fértil, donde fue arrestada María Ester Funes, en momentos en que velaba a su esposo. Al ver a los policías, se dio cuenta enseguida que había sido descubierta y sin ofrecer resistencia se entregó. Posteriormente confesó su autoría con lujo de detalles y su relato fue coincidente con el de sus colaboradores en el asesinato.

De esta manera finaliza un caso que, de no ser por la sagacidad de los investigadores, habría demorado su esclarecimiento porque estaba bien planificado.

Este caso nos hace recordar las glosas de la antigua tonada sanjuanina, escrita por Miguel Martos, y que bien podrían haber servido de inspiración para María Ester Funes: “Uno de los dos sobraba y le tocó morir a él. Las aguas bajaron turbias allá en el Quinto Cuartel”.

Prisión perpetua para los criminales

La causa de este resonante suceso ocurrido en el Quinto Cuartel fue instruida por el titular del Primer Juzgado en lo Penal, doctor Ricardo Conte Grand. Se cumplieron todas las etapas del juicio y se contó con la colaboración de los tres procesados. En algún momento surgieron contradicciones que originaron luego un careo para dilucidarlas.

Las distintas declaraciones fueron coincidentes en la planificación y ejecución del crimen. También se realizó la reconstrucción del hecho y el sumario quedó en condiciones para que el juez dicte sentencia.
El magistrado tuvo en cuenta las causales que dieron lugar al homicidio y encontró solamente agravantes para los tres imputados. Después de algunas consideraciones sobre los argumentos, tanto de la defensa como del fiscal, el doctor Conte Grand dio a conocer el siguiente dictamen: condenar a María Ester Funes de Elizondo, de 37 años de edad, a sufrir la pena de prisión perpetua, como principal instigadora del crimen de su esposo, Oscar Ángel Elizondo.

Condenar a Alejandro Roberto Camacho, de 20 años de edad, con domicilio en el barrio Quinto Cuartel, a sufrir la pena de prisión perpetua como autor material del homicidio en perjuicio de Oscar Angel Elizondo.

Condenar a Luciano Víctor Olmos, de 42 años, oriundo del departamento San Martín, a sufrir la pena de prisión perpetua como cómplice de la muerte de Oscar Ángel Elizondo.

La esposa de la víctima está recluida en la Cárcel de Mujeres, mientras que los otros dos sujetos, están en el Penal de Chimbas. A pesar de que ellos han demostrado buena conducta, solamente han recibido escaso beneficio de conmutas.



Nota publicada en “El Nuevo Diario” el 14 de agosto de 1997, edición 820.




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