HISTORIAS CONTADAS CON 2 DEDOSSeptiembre 8, 2017

El exilio interior

Por Juan Carlos Bataller
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Dibujo Miguel Camporro

Ilustración: El exilio interior

Sí, es cierto. Lo acepto. A veces sólo queda el cuerpo mientras el pensamiento vuela en otros cielos. Pero no busques en ti la falla. Son sólo síntomas de estos tiempos de exilios.Hay exilios hacia afuera y exilios hacia adentro. Pero siempre son exilios. Dolorosos destierros. Tembladeral de raíces, que añoran otros climas.
Es el cansancio del guerrero que está de vuelta. No para contar batallas ganadas o batallas perdidas.
Simplemente está de vuelta y no es el mismo.Los argentinos somos todos guerreros de regreso. Y sabemos, sí, vaya si lo sabemos, que estas guerras las hicimos con la piel.Vimos pasar como un torbellino patrias metalúrgicas, patrias militares, patrias montoneras, patrias democráticas, patrias financieras... mientras nos farreaban un país. ¡Venimos de tantos regresos!
Nos cargaron de patrioterismos, de ideologías, de populismo. Y después querían vaciarnos para llenarnos de apoliticismo, de moralina y asepsia. Y en medio de eso nuestra piel.
Nada menos: nuestra piel. Hoy se instauraba el orden con los fusiles, mañana la democracia con el voto, pasado la eficiencia por decreto y a la mañana siguiente la especulación como hábito de vida. Un año el negocio era tomar créditos de los bancos y al siguiente los bancos se quedaban con tractores, propiedades y hasta honores.

Han pasado tantas cosas en estos años! Mientras el país se empobrecía y las fábricas cerraban, ocurría de todo y no cambiaba nada. Se llenaban las plazas para festejar la guerra y se volvían a llenar para pedir por la paz. Así, siempre: entre dos fuegos. Un día nos prometían un país con bombas y luchas clandestinas y al siguiente otros nos reorganizaban con secuestros y torturas.
Hemos discutido hasta el hartazgo sobre el Estado, el capital extranjero, la justicia social. Mientras, la economía se paralizaba.
Las calles se llenaban de estudiantes en lucha por la enseñanza libre, por la laica, por el ingreso irrestricto. Y hoy se recibe uno de cada diez que inicia una carrera universitaria.

Pintamos las luchas del mundo en cada pared. Siempre tomamos partido. Que Berlín, que Vietnam, que Nicaragua, que la guerra nuclear. Fuimos militantes de luchas ajenas, mientras se iban vaciando las poblaciones rurales y las fábricas y se llenaban las oficinas públicas de hombres y mujeres que todos los días escuchan un despertador a las 6 de la mañana, para luego, desde un mostrador o un escritorio, ver pasar la vida con un alma que no milita. Hasta llegar a pensarse exiliados en el propio país...

Argentina potencia, inflación cero, patria productiva, con la democracia se come, hay que pasar el invierno, somos derechos y humanos, Malvinas, el Beagle. Caudillos con y sin multitudes, afiches con rostros sonrientes, adustos uniformes. Y en el medio, siempre, nuestra piel. Y también las caras eternas de los fariseos, admiradas incluso por los camaleones, disfrazadas hoy de metalúrgicos, mañana de libreempresistas, pasado de democráticos. Y detrás el coro siempre clamando: ¡Moratoria! ¡Blanqueo! ¡Jubileo! ¡Amnistía! ¡Aleluya, aleluya, aleluya! Y acá estamos. En el reino del romanticismo utópico y la especulación. Del sectarismo intransigente y la complicidad obsecuente. Buscando la salvación individual, mientras caminamos mirándonos la punta de los zapatos. Mirándonos en espejos que nos muestran a Chile o Colombia en lugar de Australia o Canadá.

A todo esto, casi sin darnos cuenta, pasamos de la radio a galena a la más sofisticada televisión que nos trae el mundo en tiempo real a nuestras casas. Pasamos de la carta manuscrita al whatsapp, de la sulfamida a los medicamentos de última generación, del potrero de barrio a la generación de los jóvenes hackers.

Todo fue tan rápido que algunos se quedaron en el extremo de la cola, sin esperanzas de llegar a la meta cada día más lejana.

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Por eso a veces el pensamiento vuela y el cuerpo queda.
Porque somos guerreros de regreso y necesitamos imperiosamente un país que nos ayude a vivir. Un país que no puede ser otro que el nuestro. Ya no nos quedan sitios para el exilio. Ni afuera ni adentro.Hay que desalojar el frio de entre los huesos. Porque, entiéndanlo bien: esta mirada que se fue apagando puede volver a brillar cualquier mañana. Esto no es eterno. Hay tanto por hacer, tanto por ordenar, tantos sueños por cumplir, tanta mugre por desalojar.

Pero el carretel tiene hilo, aunque se agoten tiempos. Ya no queda lugar para alternativas falsas. Esto que hoy vemos, es sólo el final del banquete. No esperemos que nos ofrezcan un lugar en una mesa vaciada.
No es tiempo de banquetes. Es tiempo de encuentros. Un encuentro que deberá sepultar recetas mágicas, ideologismos, sectarismos, soberbias, energías dispersas en luchas extrañas y estériles. Un encuentro que tendrá que sepultar el miedo por el final para que nazca la alegría de recomenzar. Sólo así el pensamiento cortará sus vuelos y habitará nuestros cuerpos. Sólo así el exilio de todos, los que se fueron y los que lo vivimos aquí, habrá terminado.




Cumpleaños:

Paolo Orlando

Periodista

Fallecido:

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