HISTORIAS CONTADAS CON 2 DEDOSSeptiembre 22, 2017

Las lágrimas de mi tío

Por Juan Carlos Bataller
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Dibujo Miguel Camporro

Mi tío Francisco lloraba y yo, un niño de 7 años, estaba realmente impresionado.
Nunca había visto llorar a un hombre.
Menos aún a mi tío, un rústico aragonés que a los 14 años dejó su aldea natal y se fue a trabajar en una mina de carbón en Francia.
Supo de soledades, de esforzados trabajos, de idiomas ajenos hasta que en algún momento decidió dejar aquella Europa empobrecida y subirse a un barco.
Francisco, joven, casi niño, vendría a la Argentina, más concretamente a San Juan.
Comenzó trabajando en una fábrica de caramelos en Trinidad, donde un día se quemaría con aquella mezcla hirviendo y recibiría heridas que quedaría por siempre en uno de sus brazos.
Luego entró en el Banco Español, donde se jubiló.
Jamás volvió a España.


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Pero aquella tarde, mi tío lloraba.
Y ese fue uno de los recuerdos que marcaron mi niñez.
Angustiado, pregunté a mi tía:
-¿Por qué llora?-Porque ha muerto su madre.
-¿Hoy?-No, fue hace tres meses. Pero hoy le llegó una carta desde España donde le informaban.
Era muy difícil para un niño de 7 años entender que uno podía enterarse de la muerte de la madre tres meses después de ocurrido.
Pero la historia, vista a la distancia, con los ojos del hombre que está de regreso, explica mejor que mil palabras la historia de una generación de inmigrantes que llegó a San Juan en los años 20.

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Las historias de inmigrantes me fascinan.
Tienen mucho de epopeya personal, de elecciones en encrucijadas extremas a las que nos enfrenta la vida, de saltos a un vacio sin saber adónde iremos a caer.
Y esa es la primera gran diferencia con este mundo previsible, donde la información está al alcance de la mano en cualquier lugar del planeta.
Pero no es lo único que alimenta mi asombro. Algo que llama poderosamente mi atención es la edad de los protagonistas de esas historias.
Pensar hoy que un niño de 14 años pueda dejar su casa e ir a trabajar en una mina de carbón en un país extraño, suena como una aventura digna de ser novelada.
No sólo por el valor de ese niño sino también por la resignación de los padres a esa partida.
Pero hay otro elemento que alimenta mi imaginación: los cambios que en un siglo ha vivido la humanidad.

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Piense usted:
Hace un siglo tanto el segar el trigo como la cosecha de uva y la elaboración del vino se hacían de la misma forma como lo hacían los griegos y los romanos.
Hace un siglo acababan de llegar a San Juan inventos que iban a modificar la vida de la gente, como la electricidad, el automóvil, la telefonía por hilos.
Hace un siglo, la leña era el principal combustible para cocinar, como lo había sido durante el esplendor de Babilonia, en el antiguo Egipto o en el imperio otomano.
En una palabra: un hombre que naciera al final de los años 20 y viva hoy, habrá sido partícipe de dos civilizaciones, con pocos puntos de contacto entre sí.
Es por eso quizás, que me seducen las historias de inmigrantes. Son la puerta de entrada a una civilización tan distante y maravillosa de conocer como lo podría ser una visita guiada por el imperio incaico o la Florencia medieval.

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Allí estaba mi tío Francisco, ese aragonés bueno y trabajador, que luego de muchas penurias armó su propia familia y supo ser un gran padre.
Allí estaba, hombre cuarentón, llorando la muerte de su madre como en silencio debe haber llorado ella el día que su hijo dejó la aldea.
Hoy, cuando a través de Internet podemos conversar y vernos con un hermano que vive en España o con el sobrino que busca su destino como profesional en una mina de oro de Mongolia, pensamos que la vida siempre fue así.
Cuando un avión nos lleva en 12 horas a Europa nos cuesta creer que una carta tardara meses en llegar desde una aldea española a San Juan.
Cuando vemos en directo jugar a Messi en Barcelona o podemos percibir la sensación de un corredor de Fórmula 1 a través de la cámara instalada en un auto que corre a 300 kilómetros por hora, nos parece mentira pensar que mi tío o mi padre fueron a la escuela montados a caballo o que escucharon por primera vez una radio siendo ya grandes.
La velocidad de los cambios llega a abrumar.
Hace 25 años un joven universitario ni siquiera imaginaba lo que serían Internet, la telefonía celular, la nanotecnología, lo que pronto llegaría en tecnología médica…
Seguramente, algún joven del futuro encontrará esta nota en la red y con el mismo asombro con el que miraba llorar a mi tío por una carta a destiempo, dirá:
-Y pensar que cuando esto se escribió la gente todavía leía lo escrito, en papeles




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