HISTORIAS CONTADAS CON DOS DEDOSSeptiembre 29, 2017

Los alemanes del Graf Speeque se quedaron en San Juan: recuerdos de una noche con historias

Fue una cena casi mágica. Para un amante de las historias de los inmigrantes, la posibilidad de compartir una larga noche con dos alemanes que participaron de la guerra y se quedaron en nuestra provincia, fue algo muy especial. La cena fue en el edificio que El Nuevo Diario tenía en la calle 9 de Julio. Hacía poco que habíamos debido interrumpir nuestras ediciones diarias y en aquel inmenso edificio semivacío, compartimos un asado con dos de los tripulantes de acorazado de bolsillo Graf Spee fondeado en el Río de la Plata. Cincuenta de los tripulantes de aquella nave que fuera orgullo de Alemania permanecieron internados durante cinco años en San Juan y al término de la guerra, ocho se radicaron definitivamente en la provincia. Dos de aquellos marinos, Federico Bachmann y Erico Pedro Trella, fueron nuestros invitados aquella noche.

Por Juan Carlos Bataller
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Federico, Vicenta y las dos hijas del matrimonio, Erika, docente, y Susana, abogada.
Federico y Vicenta Sastre en sus años jóvenes.
1943 – Ex tripulantes del Graf Spee festejando Pascuas Eran las pascuas del año 1943. Hacía tres años que habían llegado a San Juan cincuenta ex tripulantes del acorazado alemán Graf Spee, Esta fotografía fue tomada en una reunión con motivo de pascuas y en ella se ve a los marinos alemanes rodeados de mujeres y niños. Foto cortesía de Hugo R. Sochi (colección privada de Ana Marcela Halupczok, hija del Maschinengefreiter Erich Halupczok de la 9ª Div. del Graf Spee)
Federico y Vicenta Sastre en sus años jóvenes.
Eran alemanes y evidentemente buenos acróbatas. Pero su profesión no era esa. Neumann, Stalberg, Witke y Bellmann son los apellidos de estos intrépidos gimnastas que fueron fotografiados en los fondos de la vivienda que ocuparon durante alrededor de tres años en la entonces avenida San Martín 830, Concepción. Foto cortesía de Hugo R. Sochi (colección privada de Delia S. de Neumann, esposa del Matrosenobergefreiter Gustav Neumann de la 3ª Div. del Graf Spee)
El capitán del Graf Spee quien se suicidara con el uniforme de gala tras el hundimiento de su barco.
El acorazado alemán comienza a hundirse tras ser alcanzado por las fuerzas inglesas
Los tripulantes del Graf Spee comienzan a ser rescatados e internados en la Argentina
1943 – Erich Halupczok y Otto Krause Quien aparece de pie en esta fotografía es Erich Halupczok, uno de los cincuenta marinos alemanes que vivieron durante casi cuatro años en San Juan. Esta fotografía muestra a Halupczok junto al auto que conduce Otto Krause, el destacado ingeniero argentino fundador en 1899 de la primera escuela de enseñanza técnica de la Argentina que hoy lleva su nombre. Krause, nacido en Argentina, era hijo del inmigrante alemán Augusto Krause. Un hermano de Otto, Domingo Augusto Krause, se había radicado con su familia en San Juan a principios de siglo. Foto cortesía de Hugo R. Sochi (colección privada de Ana Marcela Halupczok, hija del Maschinengefreiter Erich Halupczok de la 9ª Div. del Graf Spee)
Los cincuenta jóvenes alemanes vivieron en Zonda, durante cinco meses y luego en una casa en Concepción hasta que en 1944, luego del terremoto, se los trasladó a Mendoza.
Federico Bachmann con su uniforme de marino
1940 – Equipo de fútbol de tripulantes del Graf Spee Esta fotografía fue tomada en el campamento de internación La Bebida, Zonda. Allí vivieron cinco meses, durante los cuales desarrollaron distintas actividades, entre ellas el deporte, tal como se aprecia en esta fotografía. También se dedicaron a la cría de cerdos y caballos. Foto cortesía de Hugo R. Sochi (colección privada de Delia S. de Neumann, esposa del Matrosenobergefreiter Gustav Neumann de la 3ª Div. del Graf Spee)
1942 – Ex tripulantes del Graf Spee en la ciudad Su figura esbelta y elegante no pasaba desapercibida cuando paseaban por la ciudad de San Juan. Los cinco jóvenes de la foto son parte del contingente de cincuenta marinos alemanes internados en esta provincia por disposición del gobierno nacional. Foto cortesía de Hugo R. Sochi (colección privada de Delia S. de Neumann, esposa del Matrosenobergefreiter Gustav Neumann de la 3ª Div. del Graf Spee)
Bachman y Trella durante el asado en El Nuevo Diario

FRITZ BACHMANN
Había nacido en la región de Babiera, cerca de Neuremberg, el 24 de abril de 1920. Cinco hermanos, un padre mecánico, propietario de un pequeño taller y su madre, componían la familia, de religión luterana. Ese fue para Fritz el marco de una niñez feliz pero con las estrecheces propias de una Alemania que sufría las consecuencias de la posguerra.
Tan solo 12 años tenía Fritz cuando Hitler llegó al poder en Alemania. Por aquel entonces, integraba un grupo de boys scouts y se aprestaba a aprender el oficio de mecánico.
A diferencia con lo que ocurre en la Argentina, en Alemania los oficios obligatoriamente tienen que estudiarse en una escuela especial, similar a nuestra escuela de artes y oficios, en la que deben cursarse cuatro años y rendirse los exámenes correspondientes. Recién en ese momento, el joven está habilitado para comenzar a desempeñarse en un trabajo.

Federico: Para mí era la primera vez que salía de Alemania. En el Graf Spee era electricista y trabajaba en la revisión técnica.

ERIK PETER TRELLA
Había nacido en Schlesiel, una localidad de la antigua Prusia que hoy forma parte de Polonia, el 18 de noviembre de 1919. De familia católica, Trella tenía dos hermanos y, al igual que Bachmann, estudiaría herrería artística en la escuela de Artes y Oficios e integraba un grupo de boys scouts.
Erico: Tenía 19 años cuando me alisté. Nunca había salido de Alemania y sólo 48 horas antes de partir, me subí al acorazado. Formaba parte del personal técnico en la sala de máquinas 3.

La vida continuaba en Alemania, bajo el régimen nazi. Fritz ya era mecánico. Erik, herrero artístico. Todos los boys scouts habían pasado a formar parte de la juventud hitleriana. Y la guerra estaba cada vez más cerca. En 1938, Bachmann ingresa en la Marina como voluntario y tiene como destino la escuela de Kiel. Trella ingresaría un año después, en abril del ‘39. Pocos meses más tarde iban a comenzar una aventura que les cambiaría totalmente la vida.
Hacia una misión desconocida

Ninguno de los 1050 suboficiales y marineros conocía el objetivo de aquella misión, al mando de 44 oficiales comandados por el capitán de navío Hans Langsdorff, cuando el 23 de agosto de 1939, en pleno verano alemán, el Graf Spee partió de Wilhelmshaven con destino al Oceano Atlántico. Tampoco sabrían las familias Bachmann y Trella donde estaban sus hijos, hasta mucho tiempo después.
-La orden era llegar al Atlántico Sur sin ser vistos. El barco había sido cargado para la guerra y todos estábamos perfectamente entrenados. El primer inconveniente se presentó a poco de partir: en el Mar del Norte, había un bloqueo formado por buques de Inglaterra y Noruega. Lo pasamos de noche, con luces de barco mercante-, recuerdan.


Pronto todos sabrían cuál era la misión: capturar y hundir buques ingleses con el fin de cortar abastecimientos vitales para Gran Bretaña.
-El objetivo era capturar los barcos, pasar los prisioneros y la carga al Graf Spee y luego hundir la nave inglesa. Cada tanto, en puntos previstos, nos encontrábamos con el buque tanque Alt Mark, que nos suministraba combustible y recibía prisioneros-, cuentan Trella y Bachmann. En síntesis, como lo han denominado algunos historiadores de la segunda guerra mundial, el Graf Spee era un barco corsario. La historia terminó con el hundimiento del barco alemán y la llegada al país de los miembros de la tripulación.


Una vez llegados a Buenos Aires, los miembros de la tripulación del Graf Spee fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes. Pronto se advirtió que tener a mil marinos de un país en guerra, perfectamente entrenados, podía ser peligroso para un país no alineado.
Fue así como se resolvió internar a los marinos en distintas provincias que, necesariamente, debían estar alejadas del mar.
La mayor parte de los marinos fue internada en Córdoba. En Mendoza se radicó a 100 y 50 fueron traídos a San Juan.

Llegan a San Juan

Los primeros tiempos, los cincuenta marinos alemanes fueron internados en Zonda, donde hoy funciona el Hospital Neurosiquiátrico. Allí estuvieron durante un año, para pasar luego ir a su destino final, un inmenso galpón ubicado en la avenida Rawson y Juan Jufré, donde permanecieron hasta el terremoto, cuando fueron trasladados a Carrodilla, en Mendoza.

-En San Juan pronto nos organizamos y comenzamos a estudiar el bachillerato. Aprovechamos esos años para estudiar y a la vez aprender el idioma, que nos permitiría comunicarnos con la gente. Nosotros éramos en aquellos días soldados alemanes y en esa condición estábamos internados, bajo un régimen militar y custodiados por la policía-, recuerda Trella.

-En la mañana estudiábamos el bachillerato y por la tarde recibíamos instrucción y practicábamos deportes. Las noches eran nuestras, pues nos permitían salir aunque debíamos regresar a determinada hora. Esto nos permitió vincularnos con muchos sanjuaninos, e incluso, ponernos de novio-, agrega Bachmann

Aunque ellos no lo digan, muchos corazones de sanjuaninas habrán quedado atrapados de cincuenta alemanes de pelo rubio y ojos celestes. Ellos destacaban fundamentalmente el apoyo que recibieron de todo San Juan.
Erico: Muchos aprovechamos para aprender español y al año ya sabíamos hablarlo. Otros se encerraron más y sólo se juntaban con alemanes y es así como varios años después seguían sin saber el idioma. Además, pudimos terminar el secundario con planes de estudios aceptados por Alemania y algunos fueron profesionales.



Cuando se produjo el terremoto, en 1944, los marinos tomaron parte activamente en las tareas de rescate y ayuda.
-Donamos muchos uniformes alemanes de fajina a gente que había perdido todo. ¿Se imagina en aquellos días y en medio de aquel desastre, ver a sanjuaninos vestidos con uniformes de fajina de la marina alemana?”-, comenta Bachmann.


La guerra, años después

—¿Qué pensaban sobre la guerra?
Trella: A los 18 años uno no piensa en nada. Ni siquiera se tiene una dimensión real del combate durante la batalla. Uno debe realizar determinados trabajos y los hace automáticamente. Cada tripulante debía cumplir dos o tres funciones para las que ha recibido adiestramiento. Por ejemplo yo, además de mecánico, tenía la instrucción de atender el puesto del cañón antiaéreo como visor de altura y nivelación.

—¿Y le tocó hacerlo?
Trella: Sí, durante 15 minutos en el combate final. Siempre digo que intervino la mano de Dios para que no me pasara nada ya que el cañón no tenía protección y uno podía ser alcanzado de lleno o por esquirlas, como ocurrió con muchos compañeros.

—¿Y por qué solo estuvo 15 minutos?
—Recibí la orden de ir a la sala de máquinas, en reemplazo de compañeros malheridos.

—Usted decía recién que el trabajo se termina haciendo automáticamente...
Trella: Le cuento una anécdota. En pleno combate, el oficial me manda a la cocina a buscar café. Había que pasar por cubierta y las balas llovían. Llego a la cocina y los encargados estaban escuchando música y bailando, como si nada pasara. Pido el café y vuelvo. Tuve que tirarme al piso varias veces para no morir. Cuando llegué de nuevo a la sala de máquinas, no quedaba una gota de café. No obstante, el oficial me agradeció lo mismo. ¡Se imagina la escena! Mientras tanto, hubo un impacto en la zona de la cocina y murieron todos los muchachos que minutos antes estaban bailando.

—¿Y no sintieron miedo?
Trella: El miedo no se siente durante el combate. Se siente después. Cuando uno ve a los compañeros muertos, a los heridos, cuando siente el olor a carne quemada.

—Tengo una duda. ¿Por qué no se quedaron en Montevideo, si el buque estaba allí, averiado?
Bachmann: Las órdenes que recibimos de Alemania era que debíamos ir a Buenos Aires. Uruguay estaba controlado por los ingleses. En cambio del gobierno de Argentina sentía simpatía por los alemanes.

—¿Cómo los recibió el pueblo?
Trella: Muy bien. Acá en San Juan todos nos trataban muy bien. Las señoras se preocupaban por nuestras madres y decían: “Pobre tu madre, no debe saber nada de ti”. Nosotros estamos muy agradecidos de San Juan.

—¿Se hicieron ciudadanos argentino?
Bachmann: Yo tengo doble ciudadanía.
Trella: Yo conservo la alemana.

—Pero, ¿se sienten sanjuaninos?
Los dos: Sí, sin duda. Y cuando nos encontramos con compañeros del Graf Spee, para todos somos “los sanjuaninos”, como están los mendocinos o los cordobeses. No se olvide que hemos vivido 50 años acá y menos de 20 en Alemania.

—¿Volvieron alguna vez a Alemania?
Trella: Yo lo hice en el 72.
Bachmann: Yo en el 75.

—¿Y cómo la encontraron?
Trella: Muy cambiada. Ha evolucionado mucho. La gente ya no quiere hablar de guerra. Es otra generación. Recuerdo que hablando con jóvenes les preguntaba qué pensaban de Hitler y uno me contestó: “Era un loco lindo”. Mi hermano me dijo cuando hablamos del territorio perdido por Alemania: “¿Y tú crees que volveríamos a meternos en una guerra por recuperar tierras?

Bachmann: Fíjese, ahora si un joven no quiere hacer el servicio militar, no lo hace. Y como instrucción militar hay conscriptos a los que se les encomienda contar pajaritos.

—Han cambiado los conceptos...
Trella: cambió todo. Fíjese que nosotros capturamos nueve barcos ingleses sin que se produjera un solo muerto y los mismos prisioneros ingleses destacaron la forma como habían sido tratados.

Bachmann: En la batalla del Río de la Plata, cada tanto se ordenaba el alto del fuego durante 15 minutos para que ambas partes atendieran a sus heridos. Era otro el concepto de la guerra. Había caballerosidad. Luego, la misma guerra fue cambiando todo. Y se cometieron muchas cosas que no tenían nada que ver con aquellos conceptos...

—¿Recordaban el idioma alemán, las comidas?
Trella: Sí.
—¿Y qué comida les gustaban más a esa altura, la alemana o la argentina?
Trella: La que hacía mi mamá.

—¿Les alegró la apertura del muro de Berlín?
Bachmann: Sí. Ese era el muro de la vergüenza. Una vergüenza para la humanidad.

—Si pudieran volver atrás ¿repetirían lo que han vivido?
Trella: Volvería a ser marino.

—¿Y volvería a participar de una guerra?
Bachmann: No, no creo en la guerra ni la quiero.

—Y después de haber pasado por tantas cosas... ¿Cómo ven la vida?
Los dos: Con esperanza.

Alemania y San Juan
—¿A qué se dedicaron en San Juan?
Erico: Estuve 7 años en la constructora Walter Melcher y después tuve mi taller de herrería artística. Por ejemplo, el cerramiento de la terminal y la carpintería de la bodega Haggmann las hice yo. Ahora estoy jubilado.
Federico: Siempre estuve relacionado con el campo: viñatero, chacarero, olivicultor, ajero... y sigo viviendo en el Médano de Oro donde cada tanto nos juntamos con Erico y otros más a comer un asado y a jugar al chinchón.

—¿Qué sienten por Alemania?
Erico: Es la patria pero no es la misma que dejamos. Por suerte quedan valores como la disciplina, la cortesía, la corrección, la limpieza y la higiene.

Federico: Y los estudios. Hoy se lo considera analfabeto al que sólo tiene hecho el secundario.

—¿Y cómo ven a San Juan?
Erico: Siempre me gustó más allá que hay cosas que nunca las voy a aceptar como cuando hay un cartel que dice prohibido y no se lo respeta.

Federico: Sin dudas, lo peor de Argentina son los políticos y lo mejor, los amigos, los asados, el tinto, la camaradería y las hermosas mujeres.

—Si pudieran hacer regresar el tiempo hasta 1938, cuando estaban por embarcar en el Graf Spee, ¿eligen volver a subir?
Federico y Erico: Haríamos lo mismo, sin dudas.

El día que se hundió el orgullo de la flota alemana
El 30 de junio de 1934 Alemania creó el barco de guerra más importante tecnológicamente del mundo, el Almirante Graf Spee. Fue el primer barco de guerra, que pesando 10 veces menos que los otros – tras la Primera Guerra Mundial se le impuso a Alemania un tope en cuanto al porte de sus naves-, seguía manteniendo la robustez de los mayores buques del mundo, era mucho más rápido y potente en cuanto a distancias sin repostar (primer barco con motores Diesel), poseía cañones gigantes que podían destrozar al mayor barco en un radio de 10 kilómetros de un solo tiro, tenía una rampa con un avión listo para volar (algo innovador), y lo más importante: guardaba una tecnología inaudita que nadie más poseía en el mundo, el radar controlado por radio.

El Graf Spee estaba siempre en contacto con las bases en Alemania a pesar de estar surcando los mares del Atlántico. Al mando del capitán de navío Hans Langsdorff –hijo de un juez de Dusseldorf que se unió a la Marina imperial en 1912 y combatió la primera guerra mundial-, esta nave conseguiría un enorme éxito en su campaña corsaria al hundir 8 buques británicos entre el Atlántico sur y el Índico con un total de 50.000 toneladas.
En el curso de su crucero, ningún marino británico perdió la vida y Langsdorff cumplió escrupulosamente con el derecho internacional.

Sin embargo, esto pronto cambiaría. El comodoro Harwood, al mando del crucero pesado Exeter y los ligeros Achilles y Ayax logró dar con el acorazado el 13 de diciembre de 1939 frente a Montevideo.
Langsdorff llevaba más de cien días navegando en estado de guerra sin cometer un sólo error. Pero ahora cometería dos fatales:

En lugar de mantener a distancia a las naves británicas gracias al superior alcance de su artillería, salió a buscarlas y aunque alcanzó al Exeter convirtiéndolo en un pontón desarmado, incendiado y lleno de muertos y heridos, que tuvo que retirarse del combate rumbo a las Malvinas, los cruceros ligeros seguían combatiendo, causando daños menores al corsario alemán mientras sufrían los terribles zarpazos de su artillería que los obligó a retirarse también.

En ese momento Langsdorff podía haber seguido a los dos cruceros a distancia cañoneándolos a placer y hundiéndolos. Pero entonces cometió su segundo error: Considerando que los daños sufridos por su nave eran de mayor importancia que los reales rumbeó hacia Montevideo ante la sorpresa de los británicos que ya se veían hundidos. Una vez anclado el Graf Spee en Montevideo vieron que la capacidad combativa de la nave no estaba mermada. Error fatal.

En Montevideo, Langsdorff y los diplomáticos alemanes solicitaron un plazo para reparar las averías. El gobierno uruguayo concedió al Graf Spee 72 horas para salir de puerto. Al finalizar el plazo, el 17 de diciembre, el Graf Spee levó anclas y partió seguido por el mercante alemán Tacoma.
Más de un millón de personas contemplaba la escena desde las orillas del estuario del Río de la Plata mientras un avión británico sobrevolaba a la nave alemana. En ese momento, el avión ingles informó que en el Tacoma había centenares de marinos alemanes y Harwood intuyó lo que iba a ocurrir. En un punto el corsario se detuvo y los espectadores pudieron ver cómo los marinos alemanes que quedaban a bordo del corsario abandonaban la nave y transbordaban al Tacoma llevando la bandera de guerra alemana cuidadosamente plegada: Langsdorff iba a volar la nave.
A las 20:54 una serie de tremendas explosiones sacudió a la nave alemana que se incendió y hundió a la vista de todo el mundo, en medio de un impresionante silencio en el que los marinos alemanes lloraban y los espectadores uruguayos, con los sombreros junto al pecho no podían contener la emoción viendo a Langsdorff permanecer en posición de saludo ante su nave moribunda.

La tripulación y su comandante fueron llevados a Buenos Aires. Los jefes y oficiales fueron alojados en las instalaciones del Arsenal Naval y el resto en el Hotel de Inmigrantes.
Tras visitar a la tripulación, el comandante envió una nota al ministro de Defensa alemán.
- Después de una larga lucha con mi conciencia he llegado a la grave decisión de hundir el acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee para impedir que caiga en manos enemigas. Estoy convencido que dadas las circunstancias, esta decisión es la única posible, después de haber llevado mi buque hasta la trampa de Montevideo. Antes de exponer mi buque al peligro de caer en manos enemigas, aún después de una batalla, he decidido no combatir sino destruir todas las instalaciones de a bordo y hundirlo. Pero dándome cuenta de que esta decisión pudiera ser mal interpretada por personas desconocedoras de mis motivos o atribuidas parcial o enteramente a razones personales, he decidido afrontar las consecuencias derivadas de la misma. No es necesario recordar que para un comandante que tenga sentido del honor, su destino personal no puede ser distinto al de su buque.

Tras ello el capitán de navío Hans Langsdorff se vistió con su uniforme de gala, se tendió en la cama de la habitación de su hotel y se pegó un tiro en la sien.
Tras el suicidio de Langsdorff y los problemas diplomáticos entre Argentina, Uruguay y Alemania, el destino de los 1.039 marinos sobrevivientes fue al principio incierto pero se internaron en provincias como Santa Fe, Córdoba, San Juan y Mendoza.

Por: Juan Carlos Bataller Plana

Los chocolates de Erico
Erico Trella cuenta que al personal técnico del Graf Spee le daban cigarrillos, tabaco, chocolates y conservas. Y como no fumaba, llegó a tener un gran capital... en chocolates:
—Los escondía en un conducto de cables sumamente peligroso pero cuando tuvimos que abandonar el Graf Spee nos permitieron llevar sólo una bolsa a cada uno. Me presenté con dos y un oficial preguntó “¿de quién es esta bolsa?”. Ni alcancé a explicarle que eran mis chocolates cuando gritó “¿No se da cuenta que los ingleses nos pueden matar” y de una patada la tiró al agua. Fue en ese momento que me dije “perdimos la guerra”.

La historia de amor de Federico Bachmann y Vicenta Sastre
La guerra había terminado Algunos días más tarde, los cincuenta alemanes fueron trasladados a Carrodilla, Mendoza, donde permanecieron hasta 1946 en que se los llevó a Buenos Aires desde donde fueron trasladados a Alemania. No obstante, fueron muchos los que optaron por permanecer en el país. Algunos ya estaban casados, como Federico Bachmann, que contrajo matrimonio en 1945. Otros estaban de novio. Y finalmente, estaban los que tras seis años de permanencia en el país le habían tomado cariño y prefirieron permanecer definitivamente.

Aquella noche, Federico y Trella contaron una hermosa historia de amor tras el horror de la guerra.

Federico estaba, junto con sus compañeros, internado en Carrodilla, Mendoza. El le había dicho a Vicenta Sastre, su esposa: “Si nos trasladan a Buenos Aires es porque nos llevan a Alemania. Cuando esté por producirse el traslado yo me escapo”. Y comenzaron a organizar todo.

Federico: Nos fugamos de noche, con la ayuda del sargento García. Ellos querían ayudarnos porque conocían nuestra situación. Yo hacía tres meses que me había casado y Vicenta me escribía. En esos días ya había terminado la guerra, era 1945 y teníamos el status de prisioneros de guerra. Con Trella tomamos un taxi y nos vinimos para San Juan.

Trella: En Jocolí nos pararon y nos pidieron documentos. Bachman, que era casado los tenía, yo no. Trataba de hacerme el dormido. Entonces Bachman le dice al guardia: “El viaja a San Juan a casarse”. Y escucho al guarda decir: “Entonces pasá, por tonto”.

Bachmann: Llegamos a la casa de mi cuñado y allí había un policía esperando. Seguramente ya habían recibido el aviso de nuestra fuga. Nos piden los permisos y les decimos que los tenemos en las valijas y que venimos a ver nuestras familias. El policía duda. Cuando hacemos ademán de abrir las valijas nos dice: “Vayan nomás, está bien”. Inmediatamente entramos a la casa en el coche de mi cuñado, nos llevaron a la finca de los Sastre, donde permanecimos escondidos durante un tiempo. A los pocos minutos de partir nosotros, el policía, que sospechaba, entró a la casa. Ya era tarde. Poco después fueron a requisar la finca y tampoco nos encontraron. Yo me había ocultado en el interior de una chimenea”.

Vicenta fue a Buenos Aires y habló con el ministro de Guerra. Tenía que saber si se los querían llevar a Alemania o no. El ministro le dijo: “Yo no puedo decirle nada señora pero algo le comentaré: El 15 estarán en el Hotel de Inmigrantes representantes de Alemania”. El hombre había dicho todo.
Vicenta regresó con un panorama claro: tenía que hablar con alguien importante para que los ayudara. Y pensó en un hombre que ya había sido gobernador y era nuevamente candidato. El le dijo:
-Llévelos a mi finca de El Cerrillo.
Así lo hicimos. Allí ya estaban seguros. El dueño de la finca solía venir y preguntaba con voz alta: “¿Y? ¿Cómo están los checoslovacos?”, para que los peones no advirtieran que eran alemanes. Ese hombre era Federico Cantoni.
Tiempo después, ya pudieron salir libremente a la calle.

Los que se quedaron en San Juan
Ocho fueron los marinos alemanes que se radicaron definitivamente en San Juan. Todos ya han fallecido. Ellos fueron:

Federico Bachmann, casado con la artista plástica Vicenta Sastre y padre de Erika (maestra) y Susana (abogada). Bachmann fue agricultor en el Médano de Oro.

Erich Heine, soltero que trabajó en Walter Melcher y se hizo muy conocido en San Juan con su ropa tirolesa y abasteciendo de cerveza en las fiestas.

Gerardo Schwenke, casado con Dora Schulz, quien era telegrafista de a bordo y falleció en enero de 1989.

Y los también fallecidos: Erico Sawade, Horst Wittke, Willie Babick y Otto Teichmann, quienes formaron familias en San Juan, donde aun viven sus hijos, hoy profesionales.




Cumpleaños:

Roberto Pugliese

Dirigente radical
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