IMAGENESNoviembre 10, 2017

San Juan como desierto

Por Eduardo Peñafort
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Sin dudas, el ingrediente más poético de la escenografía es el cielo construido por proyecciones de estrellas sobre un lienzo de grandes dimensiones, cuya superficie irregular provoca el efecto de titilar.

En la Sala Orestes Caviglia del Teatro Cervantes – CABA – hasta el 10 de diciembre del corriente, se pone en escena la obra “La madre del desierto”, escrita y dirigida por Nacho Bartolomé, con las actuaciones de Alejandra Flechner y Santiago Gobernori.

El referente del juego escénico es la historia de Deolinda Correa, justamente el tema de la Fiesta del Sol 2018 – “Difunta Correa: Amor de Madre" -. Seguramente hasta allí se plantean analogías, porque la obra no pretende recrear los acontecimientos sino tomarlos como símbolo de la historia argentina, en una clave que incluye el desparpajo, lo cómico y hasta el absurdo. En todo momento, el autor alterna la referencia a lo sanjuanino y su consideración como símbolo nacional. En ese punto interesa ver la cantidad de significados que se construyen a partir de nuestro entorno.

Este comentario se justifica por el interés que reviste el descubrir los modos en los que se interpreta uno de los elementos más entrañables de la religiosidad popular sanjuanina y el despliegue visual del paisaje provincial – como metáfora de la historia nacional -.

En el inicio, Alejandra Flechner – caracterizada como una mujer criolla con notables reminiscencia de las ilustraciones de Molina Campos y Dante Quinterno – profiere la frase: “Como la tonada mía tiene algo de llorona, voy a hacer el esfuerzo de no ponerme lastimera”. El párrafo desata una ola de risas, puesto que repite un lugar común de apreciación porteña de la forma de hablar provincial. Queda oculto, sin embargo, la explicitación del clima no lastimero del espectáculo que comienza.

Pasa a primer plano entonces la escenografía y el espacio escénico – con apariencia de realismo -. Sin duda el ingrediente más poético es el cielo construido por proyecciones de estrellas sobre un lienzo de grandes dimensiones, cuya superficie irregular provoca el efecto de titilar. Completan la figura una serie de elementos que semejan piedras, cactus y vegetación xerófila; bien mirada, una de las piedras se convierte en una enorme estructura ósea de la cabeza de un vacuno. También la totalidad del piso está ocupado por el cuarteado del suelo – como queda el barro cuando se seca -. El paisaje se anima puesto que los colores y las luces terminan por otorgar el color de las representaciones populares del mito, además la música es interpretada en vivo por Victoria Barca y Franco Calluso, caracterizados como “cactus” y un “pichon de cóndor”.

Como motivo reiterado se repite, a pesar de los objetos que forman la escenografía, que el desierto es el vacío, que no tiene nada, que carece de nombre – como el niño que ha engendrado Deolinda -. Este personaje, a cargo de un prestigioso actor de off contemporáneo, es “Bebo la leche”: el engendro del desierto, quien sobrevive a la muerte. En un momento dice: “las cosas no son las cosas, sino las palabras que las designan”, tarea a la que madre e hijo se dedican constantemente, a veces recitando el Proemio del Facundo de Domingo F. Sarmiento, a veces con un lenguaje académico que se vuelve totalmente hilarante. En un determinado momento los personajes se transforman en Facundo Quiroga y el esposo de Deolinda Correa. Allí es un punto débil en relación con la lectura ya no de San Juan, sino del interior argentino todo. Facundo aparece atormentado por su fealdad y cuestiones totalmente frívolas. La distancia con la verdad histórica se vuelve indicativa de una manera de leer el interior, ni la consideración sobre el físico de Facundo tiene asidero histórico – más allá de las representaciones del Billiken, inspirado en la idea que se trataba de “El tigre” -, ni sus ideas sobre todo en relación con la necesidad de una constitución resultan baladíes.

El enfoque se vuelve torpe, porque Flechner caracterizada como el militar llevado por la leva, aparece como un paisano que no comprende el devenir histórico – como si el autor no supiera que existió un Felipe Varela - y es ridiculizado a partir del recurso fácil de convertirlo en gangoso. El desmadre se completa con las proyecciones realizadas en el bellísimo telón de fondo.

El efecto de la representación se apoya sobre la complicidad del público asistente – en la oportunidad en que se estuvo presente, conformada por conspicuas personalidades del mundo de la cultura y el espectáculo -. Esto es justamente lo que resulta provocativo y a la vez peligroso, atender a un hecho de la interioridad argentina para reafirmar prejuicios tan caros al mundo porteño.

No resulta fácil, en consecuencia, la tarea de los guionistas de la edición 2018 de la Fiesta del Sol, puesto que deberán crear un espectáculo que pueda comprender y proyectar un mito.




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Técnico Universitario en Turismo
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