ALGO DE ALGUIENMarzo 2, 2018

Lugar de encuentro

Por Gustavo Ruckscholss
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Dibujo Miguel Camporro

Soy cliente de una tradicional fiambrería céntrica que está frente a Tribunales. No sé cuánto tiempo hace que voy allí con cierta regularidad. El asunto es que, de a poco, voy siendo cara conocida para quienes atienden, y ellos van siendo caras conocidas para mí. Esa confianza es mayor con los muchachos que despachan que con las chicas que cobran. ¿Por qué será que siempre son las mujeres las que te sacan la plata y los varones los que trabajan? No sé si es casual o está planeado, pero en la vida siempre pasa lo mismo.

Como es de suponer, tengo más confianza con los más veteranos, pero los nuevos, al verme "socializar" con los otros, entran rápido en confianza. Son excelentes muchachos, cada cual con su estilo, su forma de ser, pero todos se esmeran en tratar bien a los clientes. Incluso a quienes, a veces, no se lo merecen. Sí, porque de este lado del mostrador hay una variedad grande. Desde el grandote prepotente que no quiere respetar el orden de los números hasta la veterana que pretextando distracción trata de colarse en la atención. Menos mal que ellos son profesionales en hacer valer los turnos y con más educación que muchos, les hacen saber que todas las personas tenemos los mismos derechos. Hablando de derecho, caso particular son los abogados y abogadas que, siempre impecables, entran creyendo que son primo-hermanos de Dios, y pretenden que los plebeyos les rindan pleitesía. Es notable, también, como cada cual trata de lucirse aprovechando la platea de esperadores que, obligadamente, ven a todo quien entra.

Los muchachos no se privan de mirar, analizar, escanear a quien sea que entre. Y si es linda, más. Ni quiero saber qué cuchichean entre ellos y que nosotros no alcanzamos a oír. Que se los vea serios no quiere decir que se hayan criado en las monjas.

Siempre están atentos con los mayores y con las madres con niños, favor que nosotros, los esperadores, no vemos con agrado.

Como cualquier lugar multitudinario, es fuente de hechos, dichos y anécdotas. Sirve para hacer un estudio sociológico pero, sobre todo, para pasar unos minutos fresquitos, oliendo rico y hablando con los muchachos que siempre tienen algo para contar.

No es una parroquia, ni el consultorio de un psicólogo, pero, a veces, sirve para levantarse el ánimo o para relojear a una clienta. También para equilibrar en esa balanza, que es de la vida y no de los jueces, a quienes trabajan bien y con buen ánimo con aquellos que entran con la soberbia o bronca del exterior. Ese equilibrio que la vida saca de las cosas sencillas, del actuar modesto y la buena gente. No es un confesionario pero sirve para salir mejor de lo que entramos. Y eso, ya es mucho.




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