IMAGENESMarzo 9, 2018

Comunicación y expresión

Por Eduardo Peñafort
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Los emoticones crean atmósferas y climas sociales, pueden generar enfrentamientos y provocar tragedias, despertar sentimientos o anularlos, cambiar el estado del mundo.

Se denomina “Expresionismo” a un movimiento artístico iniciado en Alemania, en los principios del siglo XX. En las artes visuales, se caracterizó por proponer la construcción de imágenes saturadas de emociones y sentimientos, por ello intensificaban los recursos comunicativos (formas, colores, etc), hasta llegar al desequilibrio de la versión corriente de las cosas. El expresionismo entiende que las deformaciones que imponemos a nuestra visión del mundo constituyen una verdad.

No hay una manera exclusiva de ser expresionista, lo que en definitiva determina la actitud es la reacción contra la idea que lo verdadero es la objetividad que reniega de la visión personal. Las visiones objetivas cambian a lo largo de las épocas y culturas humanas, por lo tanto admite la calificación de expresionismo aquellas formas que rompen con el sentido común de un determinado momento, y por ello enriquecen la comprensión del mundo. Algo así es lo que sostuvo la provocativa ponencia de Roberto Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua Española en la que reivindicó las denominadas “malas palabras” como colaboradoras en una comunicación expresiva del lenguaje oral/escrito.

Pero en esa oportunidad sostuvo que: “Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer”. Estimo que un artículo sobre “miradas” es un espacio apropiado también para plantear preguntas, aún sobre las manifestaciones de Fontanarrosa en el 2004.

El tema se ha vuelto actual por las escuchas de las conversaciones privadas entre ciudadanos con roles políticos y los calificativos masivos a ciudadanos que cumplen funciones dentro del sistema democrático. Los diálogos o consignas producen colisiones entre la expectativa del discurso de las figuras de la autoridad y la referencia soez a personas investidas con poder en sociedades democráticas. Este aspecto es indiscernible de las formas de relación entre comunicación y expresión en la sociedad de “las redes sociales”, la telefonía celular o, de una manera más amplia, en Internet.

Lo emergente, desde un cierto punto de vista, se trata de un sinceramiento de la comunicación, puesto que las interdicciones lingüísticas han desaparecido en la charla coloquial y los usos en comunidades restringidas (adolescentes varones, penitenciaría, espectáculos teatrales…). Resulta hipócrita desde cualquier punto de vista condenar determinadas expresiones que se utilizan naturalmente en la mesa familiar, pero conviene analizar las diferentes situaciones en que se utilizan y los fines perseguidos.

En el mundo del espectáculo argentino, Nacha Guevara fue una adelantada en la transgresión – reducida a la situación de café concert -, Lanata lo introdujo en los medios masivos de comunicación, la Mole Moli logró naturalizar una de las expresiones más condenadas de la sociedad y así sucesivamente… Claro está que hoy en el mundo de Internet, los insultos son idénticos a los utilizados en la vida corriente y coincide con las intenciones de hacer cosas con las palabras: injuriar, agredir, destruir, ofender. Pero como de “hacer cosas con las palabras” se trata, se debe incluir el mentir, el acosar, el seducir.

La rapidez de las comunicaciones hace posible que todos estos usos de lenguaje aparezcan como formas espontáneas, surjan en catarata y se difundan con inusitada velocidad. Este hecho ha cambiado totalmente el carácter expresivo de las “malas palabras”.

Ellas se han convertido en caracteres totalmente estereotipados de las emociones (mucho más ricas que un vocablo). Se trata sin más de emoticones. La expresión se empobrece notablemente.

Sin embargo, resulta necesario puntualizar que no se trata de descalificar su efectividad en la vida social. Crean atmósferas y climas sociales, pueden generar enfrentamientos y provocar tragedias, despertar sentimientos o anularlos, cambiar el estado del mundo.

Porque la nueva situación remite a aspectos más subterráneos. Nadie podía imaginarse que, como la telefonía celular ha demostrado, era tan desesperada la necesidad de estar en permanente comunicación y exposición en todos los niveles sociales. El exhibicionismo y voyerismo ilimitado de las redes sociales nos han puesto en contacto con un plano de soledad del ser humano que nunca nadie se había atrevido a sospechar. Una necesidad de pertenecer a un grupo y obedecer sus reglas parece el imperativo de la época.

En esta situación está planteada un enaltecimiento o una degradación de la expresión en el presente y el futuro.




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