AUTOMOVILISMOAbril 12, 2018

Las cupecitas: una gran pasión argentina

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Oscar Cabalén
Un famoso de aquella época: Félix Peduzzi en Huaco.
Angel Nomdedeu subiendo la cuesta de Huaco
Carlos Menditeguy recibe la bandera a cuadros al llegar a San Juan, en el Gran Premio Argentino de Carretera (29/11 - 10/12/57) (www.historiatc.com.ar)
Santiago Luján Saigos fue el ganador de la 3° Vuelta a Ensenada en su Ford. Lo llamaban “El hombre bueno de Areco” (www.historiatc.com.ar)
Los hermanos Oscar y Juan Galvez con sus cupecitas de TC, en el flamante Autódromo de Buenos Aires, en 1952.
Los hermanos Oscar y Juan Galvez en una tapa de la revista El Gráfico
Con 56 triunfos y nueve títulos, Juan Gálvez es el piloto más exitoso en la historia del Turismo Carretera. En esta foto del Gran Premio Argentino de 1957, Juan entra a Jáchal por la Ruta 40 (www.historiatc.com.ar)
Las cupecitas, una gran pasión argentina

Todo comenzó el 5 de agosto de 1937, cuando se largó el Gran Premio Argentino, que tuvo diez etapas que cubrieron un total de 6.894 kilómetros repartidos en 14 provincias, con una largada en Buenos aires y la llegada en La Plata, diez días después. El ganador fue Ángel Lo Valvo, quien corrió en un Ford bajo el seudónimo de “Hipómanes”, y quedó en la historia no sólo como el primer ganador del TC, sino como el primer campeón. La historia tiene un comienzo concreto, como decíamos, en 1937, cuando el director de Vialidad Nacional, Justiniano Allende Posse, autorizaba la realización del “Primer Gran Premio Argentino de Turismo Carretera” (TC), por las rutas de nuestro país a realizarse entre el 5 y el 15 de agosto. Hasta entonces estaban prohibidas las carreras por las rutas argentinas, sólo podían realizarse Grandes Premios Internacionales.

La bandera de largada la bajó el presidente de la Nación, general Agustín P. Justo, al auto Nº 1 conducido por el neuquino Arturo Krause, que dio comienzo
a la primera etapa entre Buenos Aires y Santa Fe. Con la llegada a esta ciudad, aparecía la primera sorpresa. Un “desconocido” para los habitué del TC, ocupaba el segundo lugar al comando de un Ford convertible con el Nº 58. Allí nacía la leyenda de Oscar Gálvez, uno de los más queridos corredores de esta pasión argentina que es el TC. Acompañado por Horacio Mariscal había logrado un nuevo récord desde Buenos Aires hasta Rosario con 3 hs. 1’ 01’.

La magia de la radio, el llamado del avión para avisar las contingencias de la competencia, el asado a la vera del camino, el aro con los datos que recibían
los pilotos, las peñas en los pueblos para que el crédito local pudiera correr, los corredores-mecánicos, las carreras en la ruta, los boxes al aire libre y tantas características más forman parte del ADN “teceísta”, que es único en el mundo.

El Turismo Carretera, la categoría de automovilismo más popular del país, celebró ya sus 80 años. Y cuando uno habla de TC aparecen nombres: los hermanos Juan y Oscar Gálvez, ligados a Ford, Juan Manuel Fangio (Chevrolet) quién eligió, tras dos títulos (1940, 1941) con “el chivo”, lanzarse al automovilismo internacional, hasta conseguir cinco campeonatos del mundo de Fórmula 1 en la década del ‘50.

Gálvez y Fangio son apellidos que llegan hasta hoy de la mano de las historias de los abuelos y los padres, de relatos fantásticos escuchados por radio, pero son sólo dos de los tantos nombres de esos pilotos que se lanzaban a los caminos de tierra inexplorados para unir los más recónditos lugares del país en las gloriosas “cupecitas”, bólidos para la época que los transformaban en ídolos. La gente pasaba horas enteras en las rutas sólo para ver pasar unos segundos a esas inalcanzables figuras que conocían a través de las páginas de “El Gráfico”: los hermanos Dante y Torcuato Emiliozzi, Juan Manuel Bordeu, Marcos Ciani, Rodolfo De Álzaga, “Toscano” Marimón, Eusebio Marsilla, Hernandez, Peduzzi, Oscar Cabalén y otros tantos que quedaron en el recuerdo del público.

Con el alumbramiento del TC, las cupecitas de los años 30 evangelizaron al pueblo en un fenómeno que pocas veces se da en el deporte, ser fervor y fanatismo a primera vista. No sólo liberaban pasiones sin límites al verlas ir o venir. Era frenesí, locura, comentarios a toda hora. Las radios y sus relatores nvitaban a imaginar y soñar las conquistas de “los gladiadores del camino”. El Gráfico ilustraba sus tapas con las estrellas del automovilismo criollo. A Oscar Gálvez lo bautizó el periodista Pedro Fiore como el Aguilucho, porque en un GP del Norte en una etapa de montaña pasó a 29. Sólo volando podía rematar la hazaña. El TC al pasar por lugares inhóspitos también anunciaba que por allí podría construirse un camino, una ruta, y villorrios sólo acreditados
por los lugareños eran conocidos por el país.

Los pilotos y sus acompañantes se transformaban en leyendas y los ídolos se enorgullecían de mostrar sus pagos en la cupecita. La mayoría, además de pilotos, eran mecánico. A cada auto lo engrasaban, limpiaban y lustraban. Hacían todo: la jaula antivuelco, el motor y hasta la pedalera. Muchos tenían la habilidad de reparar el auto con un alambre o remplazar piezas en unos minutos.

Lo curioso es que todavía se corra representando a modelos de autos que no se fabrican desde hace más de 30 añosy que la Federación Internacional del Automóvil (FIA) reconoció al TC como una categoría “única” y la más antigua del mundo que sigue en vigencia. Quienes ya acumulamos años, ver pasar una cupecita bramando, ya era una fiesta en sí misma. Las carreras se realizaban sobre un circuito callejero, en parte, y en ruta por otro lado. A veces pasaban por una ciudad y la gente se agolpaba en esas calles para ver gratuitamente las cupecitas que metían miedo al verlas pasar a 150 kilómetros por hora. Eran lo más parecido a un jet a retropropulsión. Y todos nos preguntamos como hacían los pilotos para entenderse con el acompañante en el interior del auto, con ese ruido ensordecedor del motor.

NOTA PUBLICADA EN EL NUEVO DIARIO EL 9 DE MARZO DE 2018




Cumpleaños:

Roberto Pugliese

Dirigente radical
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