IMAGENESDiciembre 15, 2015

Cristina Ruiz Guiñazú, en primera persona

Por Eduardo Peñafort
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Al poco tiempo de mirar la exposición “El peso de la naranja”, la reiterada presencia de la imagen de la autora advierte que se la debe mirar como se lee un diario íntimo, un monólogo interior, un titubeante relato de emociones e ideas. Sin tabúes ni fronteras todo puede ingresar a la obra para incrementar la eficacia expresiva. La vida de Cristina Ruiz Guiñazú (un cruce de afectos, recuerdos, impresiones, sus seres queridos) parece que se plasma en sus telas, sin el enmascaramiento al que suele recurrir la pintura.

Claro está que la relación con el significado no es transparente. En una amable charla, la curadora de la muestra de Cristina Ruiz Guiñazú, me comentó que el políptico “El peso de la naranja” hacía alusiones al affaire Strauss-Khan, un caso de violencia de género atravesado por el abuso de poder y la hipocresía de la moral oficial. A partir de esa referencia creo entender que la historia contada también incluye la visión del mundo contemporáneo. En la obra, el orden de las imágenes se puede interpretar. El primero y el cuarto panel se remitían a un significado; el segundo y el quinto a otro, unificados por el panel central que incluye un autorretrato. Lo blanco como “virginidad” (pañuelo, cinturón, ropa interior de la niña), lo blanco como servicio – delantal -; el traje negro del autorretrato constituye una simbología para una representación de la condición femenina, ante una agresiva imagen masculina.

Esta descripción es más un ejemplo para invitar a prestar atención al relato de experiencias que una interpretación completa. Se debe tener en cuenta la relación de las imágenes con la línea que pretende alcanzar la "ilusión de lo verdadero", de creación artificial de mundos exactos a través del dibujo, la pintura, la fotografía y el cine. Según las declaraciones vertidas por Ruiz Guiñazú, su fuente se remonta a los pintores franceses “pompier” – academicistas que hegemonizaron los salones durante gran parte del siglo XIX -, no sólo por el dominio técnico, sino también por la iconografía. Resulta casi imposible no establecer lazos entre “Une pensé” y el Eros pintado por Bourguereau en “Joven defendiéndose de Eros”.

Otra analogía evidente se produce entre las composiciones de una obra no expuesta – “La Venus patagónica” – y “Napoleón contemplando la esfinge” una obra realizada por Léon Gérôme en 1868. El paisaje patagónico ha sido resuelto a la manera del desierto egipcio para dar la imagen de una enorme extensión y una terrible soledad. Las semejanzas se reiteran: superficie pictórica de las que se ha eliminado todo rastro de pincel y materia, colorido frio, paleta artificial, dibujo contundente de los desnudos siguiendo lenguajes comunes en la cultura visual popular. A pesar de tratar temas intimistas y contingencias biográficas, el lenguaje formal establece distancia.

La muestra “El peso de la naranja/Cristina Ruiz Guiñazú en primera persona” se encuentra en el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson. Cristina Ruiz Guiñazú nació en Malargue, Mendoza; estudió en Córdoba y reside en París desde 1989, con su esposo Pat Andrea – artista plástico de quien se expone un dibujo/objeto en el MPBA/Franklin Rawson -. La muestra, curada por la arquitecta María Laura Rodríguez Mayol, encargada de Prensa y Difusión de “Estudios curatoriales” de la UNTREF, fue también exhibida en el Museo Caraffa de Córdoba.




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