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2022-07-25 09:15:34

La persona en un sistema jurídico realista

“La realidad no se impone al hombre como fatal e inevitable, imposible de aprehender, sino como algo que puede descubrir entrañablemente, en sus esencias, reconociendo las causas y operando sobre ellas, en la medida de su finitud y limitaciones. La búsqueda de la esencia de las cosas, entendidas no como res corpóreas, sino como res extensas, todo lo que es, la realidad misma, es factible mediante el uso de la inteligencia que ilumina y la razón”.

Por Julio Conte-Grand
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“Todo el ‘ius’ que utilizamos se relaciona o con las personas, o con las cosas, o con las acciones”. Así introduce Gayo (jurisconsulto romano del siglo II d.C.) su sistematización de lo jurídico en las “Institutas” (capítulo I, pár. 8), monumental recopilación de jurisprudencia romana.

Efectivamente, bien entendido, todo lo que aparece en la realidad, en perspectiva jurídica, o bien son personas, o cosas o acciones de aquellas respecto de estas o aquellas.

Es, ni más, la contundente visión realista del pensamiento romano, sustentado en una doble vertiente de fundamento; la metodología de captación de la realidad de origen griego, de la cual el sistema romano ha sido receptor privilegiado, y la impronta de la experiencia del foro, en tanto derivación de años de práctica en la resolución de casos concretos.

Admítase esta idea desde otro ángulo concurrente: se trata de la demostración de la naturaleza especulativo-práctica del saber jurídico y de la relación justa como su objeto formal (el costado desde el cual estudia el Derecho una parte de la realidad).

Lejos de la cosmovisión moderna y posmoderna en la que el hombre, concebido antropológicamente como un ser omnipotente, “crea” la realidad con su voluntad ilimitada y no la “descubre” con su inteligencia develadora; visión que impacta en la perspectiva metafísica de modo que lo que es no es fuera del hombre y nada hay sobre este. En una cosmovisión que puede denominarse “realista”, con los matices que esta calificación implica, lo que es se encuentra sustancialmente dado, y corresponde al hombre descubrirlo, comprenderlo, valerse de ello adecuadamente, cuidarlo y transformarlo.

La realidad no se impone al hombre como fatal e inevitable, imposible de aprehender, sino como algo que puede descubrir entrañablemente, en sus esencias, reconociendo las causas y operando sobre ellas, en la medida de su finitud y limitaciones. La búsqueda de la esencia de las cosas, entendidas no como res corpóreas, sino como res extensas, todo lo que es, la realidad misma, es factible mediante el uso de la inteligencia que ilumina y la razón.

En esa realidad el hombre descubre la existencia de encadenamientos de relaciones entre personas, personas y grupos de personas, grupos de personas con otros grupos de personas y personas o grupos de personas con cosas. Relaciones fundadas en criterios diversos, uno de ellos el criterio de la justicia, virtud cardinal por excelencia, que engloba a las otras.

La puesta en orden del conjunto de relaciones humanas en la dimensión en que estas relaciones comprometen a la Justicia informa el sistema jurídico, como derivación de lo que ius est propter loquendo (el derecho propiamente hablando).

De tal modo, el sistema del derecho se encuentra conformado por un entramado de relaciones que hallan su causa y fin últimos en la idea de justicia, de la cual aquel es objeto, entendida en su doble dimensión, distributiva (reparto) y conmutativa (cambios), correspondiendo sustancialmente a cada una de ellas una clase de igualdad, respectivamente, la proporcional y la estricta.

El orden de la sociedad, la polis en el lenguaje clásico, se halla fundado en el reparto de cargas, honores y riquezas realizado por aquel que ejerce la autoridad, esto es, quien tiene a su cargo el cuidado de la comunidad. Se configura así la estructura de reparto y cambios, en los cuales se presenta como dato central el equilibrio, dado en la distribución y que debe ser preservado en las conmutaciones.

Todo en función de la persona como primer y fundamental elemento de estas relaciones, ya que, como se indicara desde antiguo, “hominum causa omne jus constitutum est”: “Todo el derecho está constituido en razón del hombre” (Digesto, 1.5.2., obra jurídica publicada por el Emperador Bizantino en 533 d.C.).

Persona que también debe ser entendida liminarmente en sentido romano, esto es, como máscara.

Alfredo Di Pietro enseñó que el término “persona” en el sistema romano hacía “referencia a la máscara de teatro (= prosopon; prosopeion, entre los griegos), que solía usar el actor para significar el personaje que representaba, y para amplificar su voz. Esta máscara es usada en forma análoga para figurar ‘el rol atribuido a esa máscara, carácter, personaje’, y también de ‘persona’. Según ello, la ‘persona’ es la consideración cualitativa de algo del ‘hombre’. Esa qualitas desde la cual el ius considera al homo es su status. De ahí que podemos decir, con Heineccio, que ‘persona es homo consideratus cum suo status’. Así, el capítulo pertinente del Digesto lleva por título De statu hominum (Del status de los hombres)” (Derecho Privado Romano, 2.ª ed., Buenos Aires, Depalma, 1999, p. 79).

Máscaras diversas, determinadas por la conjunción de status, no en el sentido moderno, como acepción snob si se quiere, sino en el clásico de status como “situación”. Situación en la familia, primero (status familiae), en la polis o ciudad, después (status civitatis), y en esa dimensión en el ámbito de la libertad (status libertatis). La persona pleno jure en el sistema romano era el hombre libre, ciudadano romano y padre de familia.

Las otras situaciones, según los casos, provocaban una disminución en sentido jurídico de la persona en la familia y en la sociedad. Era un modo de organizar la polis a partir de una reconocida desigualdad funcional de la persona, lo que no implicaba una desigualdad en el plano esencial (metafísico y antropológico), vinculado a su dignidad.

En esa sistematización de la realidad aparecen luego las cosas, es decir, la realidad misma, el ob-jectum, lo que yace frente al sujeto, res quae tange possut (cosas tangibles) y res quae tangui non possut (cosas intangibles), como también lo reconociera el sistema romano (Gayo, Institutas, capítulo II, pár. 12).

Cosas, realidad, que asumen trascendencia, también jurídica, en función del hombre. En palabras de Heidegger: “[…] la pregunta: ¿Qué es una cosa? Es la pregunta, ¿quién es el Hombre?...”. Y agrega: “Esto no significa que las cosas se transformen en una fábrica humana, sino a la inversa; hay que comprender al Hombre, como aquel que siempre va más allá de las cosas, pero de modo tal, que este ir más allá solo se hace posible en cuanto las cosas salen al encuentro, y así permanecen ellas mismas, en cuanto ellas nos reenvían tras nosotros mismos y tras nuestra superficie” (Martín Heidegger, La pregunta por la cosa, Buenos Aires, Memphis, 1992, p. 230).

Asimismo, esa parte de la realidad que será objeto de la relación jurídica, para poder configurarse como tal, debe poseer una cualidad determinada en forma expresa por la norma de fondo, esto es, ser susceptible de apreciación pecuniaria, característica que de igual modo remite inexorablemente a la persona como eje de todo lo atinente al derecho, ya que nada tiene valor por sí, sino en relación al hombre.

En suma, es importante reconocer que la realidad jurídica se ordena en mérito y en función de la persona.


(*) Procurador General de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires


Fuente: Nuevo Mundo, edición 534 del 22 de julio de 2022